Oct 27
España quiere hacer política exterior
España es un país que tradicionalmente ha vivido mirándose el ombligo. Desde el perpetuo recuerdo de la guerra civil, tanto en lo cultural como en lo político, de la dictadura, de la transición y de tantas cosas nunca superadas, hasta el continuo microcosmos de crispación casera encabezada por el terrorismo etarra y tantas formas de nacionalismo como comunidades autónomas existen.
En el caso español, la política exterior es un déficit histórico. Más allá de la importancia que se dé a la cartera de Interior respecto al ministerio de Exteriores, es una carencia palmaria de capacidad, comenzando por lo más evidente: la nula preparación idiomática de nuestros dirigentes, desde Franco a Zapatero, pasando por Aznar, sólo por mostrar seis ejemplos.
Cinco años le ha costado al Ejecutivo socialista darse cuenta del filón que tenía en el extranjero. Desde los atentados del 11-M, que hicieron que ganara las elecciones, la prensa extranjera se rindió al quehacer de Zapatero: sus profundos cambios sociales conquistaron portadas país a país e, incluso en los momentos de mayor crispación, cuando la imagen de los socialistas perdía fuerza por lo hondo que caló la estrategia de la oposición popular, la prensa internacional tendía a defender las medidas, ya no solo sociales, sino también económicas, de Zapatero. Pero un país no es nada si no es capaz de tener presencia internacional, un mensaje que potencias como Francia y figuras como Nicolas Sarkozy han entendido perfectamente.
Pero el punto de inflexión de esta situación tuvo lugar a finales de 2007, cuando los datos económicos revelaron que el producto interior bruto medio español (PIB per cápita) había superado al italiano. El dato ponía de manifiesto que España se convertía de facto en la octava potencia económica del mundo, cuya consecuencia lógica debía ser la inclusión de nuestro país en el denominado G-8, un grupo económico con un peso determinante en las estrategias geopolíticas mundiales. Ahora, Zapatero busca su propia foto de las Azores en la Cumbre que tratará de redefinir el juego económico mundial.





















