Dic 03 2008
Ha muerto un gato mediático
Conste en acta que adoro a mi perra, que el día en que muera (esperemos que de aquí muchos años) estaré hecho una mierda. Pero dudo que convenza al director de mi periódico para escribir un obituario en la edición digital y luego llevarlo, a página entera, en la sección de Cultura. Claro, que ni yo soy Sánchez Dragó, ni mi perra es como Soseki, su gato, tristemente fallecido.
Y digo tristemente, porque Dragó está triste. Pero triste, triste:
No es fácil escribir con los ojos anegados en lágrimas. No es fácil escribir con dos comprimidos de trankimazín en el cuerpo. No es fácil escribir cuando se está sonado. No es fácil escribir con 72 horas de insoportable dolor a cuestas y sabe Dios cuántas más, o días, o semanas, o meses así, por delante. No es fácil escribir después de asomarse al horror. No es fácil escribir -dicen- después de Auschwitz.
No es fácil escribir, en efecto, cuando el sentimiento de culpa nubla la inteligencia y desgarra la conciencia. No es fácil escribir cuando un ser inmensamente amado que te amaba inmensamente muere y tú has sido el instrumento involuntario de esa muerte. No es fácil escribir cuando, para hacerlo, se aprieta la tecla de encendido del ordenador y lo primero que aparece en su pantalla es la imagen de la persona que se ha ido para siempre. No es fácil escribir, en suma, cuando no se tienen ganas de vivir.
Desde luego, Dragó es un tipo peculiar. O se le aborrece o encandila, no hay término medio. De hecho, no es la primera vez que su mascota aparece en los medios de comunicación.
Sin ir más lejos, en su breve época como presentador del programa nocturno de opinión de Telemadrid, se lo llevó. Presentó con él en brazos (mientras el pobre animal luchaba por irse corriendo y Naoko, la esposa japonesa del anciano escritor, correteaba detrás de él por el plató).
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