El momento de la reflexión
A continuación, el artículo que publiqué en BlogGuest, libro editado con motivo del aniversario de Blogpocket, de Antonio Cambronero, junto a otros artículos de bloggers como José Luis Orihuela, Guillermo Carvajal, Manuel M. Almeida, Elías Notario, Raúl Ordoñez, Rosa J. Cano, Marilín Gonzalo, David de Ugarte, Gustavo Arizpe o Enrique Meneses, entre otros.
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Todos los proyectos pasan por fases. Primero llega el arranque, el momento de las dificultades y las ilusiones, los obstáculos y la inexperiencia. La novedad, vaya. Después llega el pulido: corregir los fallos, implementar las carencias, reconducir las ideas. A partir de ese momento hay muchos posibles caminos: el estancamiento, el crecimiento, la desilusión, la reconversión, la muerte…
Algo similar está sucediendo con los blogs. A punto de cumplir doce años desde la aparición de Scripting News, de Dave Winer, el padre de todo esto, ha llegado el momento de la reflexión. Los inicios fueron duros, llenos de dificultades: escasos lectores, escasos recursos, una esfera demasiado elevada para que el común de los mortales la alcanzara. Pero también el momento de la ilusión y la novedad: los blogs pasaron de ser una rara afición de cuatro lunáticos a convertirse en el rincón de cada uno en la Red.
Tanto fue así que fueron multiplicándose exponencialmente: “quien no está en la Red no existe”, se empezó a decir. Con el tiempo se pasó a “no eres un buen periodista si no tienes un blog” o al “toda empresa debería tener un blog para mejorar su posicionamiento en internet, para interactuar con su público”. De ser esa esfera inaccesible se pasó a la moda, a la obligación, al “si no tienes uno, no eres nadie”.
Pero ha llegado el momento de la reflexión. Dos voces muy autorizadas han llamado la atención sobre la posible muerte de los blogs. De un lado, Wired, la revista de culto en el mundo tecnológico durante muchos años, señalaba que los cuadernos de bitácora empezaban a ser una moda pasajera, una costumbre a abandonar, en gran parte superada por las redes sociales. Era la primera cuchillada. El golpe de gracia lo daba Technorati al constatar que se había reducido el crecimiento de la blogosfera y, lo más preocupante, que de la cantidad de blogs que existen en el mundo sólo un pequeño porcentaje está realmente vivo, actualiza con asiduidad y tiene un fin determinado.
Esas han sido sin duda los mayores retos lanzados al mundo de los blogs, pero otros grandes interrogantes han venido planteándose en los últimos años. ¿Existe la blogosfera o no se puede hablar de comunidad porque ningún blogger tiene que ver con el de al lado? ¿Pueden o deben los blogs vivir de la publicidad? ¿Es veraz la información de la Red? ¿Existe el periodismo ciudadano o deja de ser periodismo cuando lo hacen los ciudadanos?
A veces, las preguntas más complicadas tienen una respuesta mediante una sencilla metáfora.
Los blogs son en sí una pequeña tienda en una enorme ciudad comercial. Todas las tiendas empiezan con el mismo capital. Unas abrieron antes, otras son nuevas. Unas venden experiencias, otras moda, aquella de allá tecnología, esta de aquí vende música… Cada una abre cuando quiere y cierra cuando quiere. Cada una vende lo que se le antoja. Los ciudadanos, claro está, prefieren visitar las anchas e iluminadas avenidas donde están los locales más conocidos, pararse en los escaparates más cuidados, los que consiguieron comprar los locales vacíos de al lado y ampliar su comercio.
Efectivamente, las tiendas nada tienen en común. O sí. Cuando llueve, todas reaccionan. Cuando una noticia sacude la ciudad, buena o mala, en todas las tiendas se habla de eso. En ocasiones, incluso, comparten carteles. O recomiendan otras tiendas. “Si ha comprado aquí”, dice un dependiente, “probablemente querrá ir a comprar a aquella pequeña tienda de allí: tienen un producto artesano magnífico”.
Hay, como en toda comunidad comercial, subastas: cada cual puja por el mejor contenido votándolo, dándole grandes ganancias a su creador en forma de audiencia. Existen también los líderes de la comunidad, voces respetadas y criticadas a partes iguales, pero siempre escuchadas, siempre leídas. Se lloran las pérdidas, se celebran las alegrías.
Es esta una ciudad bastante animada: nunca cierran las tiendas, siempre hay alguna abierta, algún escaparate que visitar, alguna tienda en la que detenerse. Y sí, la crisis ha llegado aquí también, en forma de preguntas y cuestiones. “Ya no abren tantas tiendas como antes”, dicen algunos. “Sí, y además hay un montón vacías”, dicen otros. Siempre ha habido barrios con más encanto que otros en esta gran ciudad. Como decíamos, siempre es mejor ir a comprar a las grandes avenidas, a los grandes almacenes… pero a veces los callejones de los barrios ma´s oscuros guardan productos más originales, con algo más de encanto.
En fin, la ciudad sigue viva, dándonos a unos cuantos comerciantes el placer de poder vender lo que hacemos, de poder conversar con quien viene a visitarnos, de poder recomendar lo que hacen otros y ser recomendados. Aquí, a diferencia de en otros mercados, no se pierden clientes por compartir lo que hacemos. En esta ciudad siempre ganamos todos, sencillamente porque podemos hacer lo que queramos.
Y ahora, discúlpenme, estoy ampliando mi negocio.