Feb 23
El caída de Bermejo, la victoria de López Aguilar
Mariano Fernández Bermejo ha presentado su dimisión como ministro de Justicia, criticado hasta por su propio partido. Lo hace año y medio después de llegar al cargo tras una crisis ministerial en la que Zapatero decidió sacar a Juan Fernando López Aguilar de la cartera para colocarle como cabeza de fila en las elecciones canarias. Bermejo llegaba con la vitola de ser un animal político, un hombre de partido, un fiel ferracista. Aquello fue un volantazo en una cartera que el calmado López Aguilar había llevado con elegancia y sin mayores sobresaltos.
Por su parte, en este año y medio, Bermejo ha sido partícipe (con la inestimable ayuda del bloqueo del Partido Popular) de la ralentización en la renovación del Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo -uno de los eternos temas pendientes-, ha visto estallar una inédita huelga de Justicia después del escandaloso bloqueo del sistema judicial, llevado al paradigma en el caso de Mari Luz Cortés, archivado con una ridícula sanción. Es evidente que el estado de la Justicia en España no es demérito exclusivo suyo, pero no menos evidente es que la solución a una huelga no es una ley para prohibirla.
El resultado de aquella decisión de Zapatero no ha podido ser peor: López Aguilar, que dejó la cartera a regañadientes siendo uno de los más valorados, ganó, aunque, finalmente, un polémico pacto entre Partido Popular y Coalición Canaria le impidió gobernar. Ahora, el hombre del que se dijo que podría, por juventud y carisma, llegar a hacerle sombra al propio Zapatero, será el cabeza de lista socialista en las elecciones europeas: un exilio como premio al trabajo realizado y a su sacrificio por orden presidencial.
Sin duda, Bermejo ha sido un mal ministro, polémico en sus declaraciones e inoperante en sus decisiones. Podría haber dimitido antes, aunque surge la duda de si éste era el mejor momento, con el Partido Popular mordiendo el cuello de la presa, abatida por El Mundo con aquella fotografía de la cacería. Dimitir es reconocer su error, sí, pero también dar la razón a un PP al que ya no le quedarán cortinas de humo para esconder sus incendios: la trama de espionaje y la de corrupción.





















