Vivan las caenas (de humo)


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En 1929 comenzaron a aparecer los primeros estudios que apuntaban a las posibles consecuencias dañinas del tabaco para la salud. Las investigaciones, ferozmente combatidas por la emergente industria del tabaco con la rudimentaria publicidad gráfica de la época, podían calar en una sociedad, la estadounidense, que estaba a punto de conocer una crisis económica de proporciones desconocidas hasta hace poco. En ese contexto, y con la necesidad de incrementar las ventas, entró en escena Edward Bernays, considerado el padre de las relaciones públicas y sobrino de Sigmund Freud.

Contratado por el presidente de Lucky Strike, Bernays se puso entre ceja y ceja cambiar un hábito social: por aquella época no estaba bien visto que las mujeres fumaran, y mucho menos en público, pero conseguir que se convirtieran en consumidoras de su producto doblaría el target de ventas de forma inmediata. Dicho y hecho, montó todo un movimiento ciudadano para que las mujeres salieran a la calle a defender su derecho a fumar empuñando sus ‘antorchas de la libertad‘, es decir, sus cigarrillos. La convocatoria, realizada un Domingo Santo para captar la atención de los medios, fue un éxito de proporciones que duran hasta hoy.

Ocho décadas después España ha conocido a Eugenio Arias, un hostelero andaluz que en sólo siete días ha pasado de decir que nunca impediría que se fumara en su establecimiento a decir que nadie volverá a fumar en él para conseguir que la Junta de Andalucía le permita reabrirlo. Se ha hecho conocido por su ferviente defensa de la insumisión ante la nueva Ley Antitabaco, una ley injusta, según aseguraba, que vulnera los derechos de los ciudadanos, según la prensa más afín a la oposición.

El caso de Arias es poco preocupante: es sólo un comerciante preocupado por su comercio, que se opone a una inciativa del Gobierno aun a sabiendas de que su actitud perjudica seriamente su propia salud y que pensaba que era más fuerte que el Estado y que éste no le podía obligar a cumplir la Ley. Una vez sacado de su error es un ciudadano enfadado, que presumiblemente no votará a los socialistas en las próximas elecciones -tampoco parece que jamás lo hiciera- y que elige hablar de libertad contra la razón, de derechos frente a la salud, como aquel “¡Viva la muerte!” contestado por contestar, como aquel “¡Vivan las ‘caenas’!”, ahora de humo, tan castizo como vivo. Es falta de cultura (entendida como costumbre) de un país entero, como existen poderes empeñados en ir contra el tiempo y el mundo.

Preocupa la gente que habla de libertad llamando a la desobediencia civil, la ignorancia y la prepotencia de quien se cree que importa más que la Ley. Pero más preocupa que quieres llaman a la insumisión sean otros. Porque las leyes no las hace el Gobierno, las hace el Congreso, que es a su vez reflejo y depositario de la soberanía popular. Llamar a la desobediencia legal es, además de constitutivo de delito, negarse a aceptar lo que los representantes elegidos por el pueblo han elegido. Es, por tanto, lo más antidemocrático que se puede hacer en una democracia. Lo que preocupa no es un empresario con ego de humo; lo que preocupa es que algunos políticos, precisamente los depositarios de esa soberanía nacional, sean quienes llamen a la desobediencia, como ha ocurrido respecto a los inmigrantes, a la sentencia del Constitucional sobre el Estatut, sobre Educación para la Ciudadanía, sobre la educación en general o sobre la propia Ley Antitabaco.