Diez ‘peros’ a la protesta de los mil hashtags


Empezó como #nolesvotes, siguió como #democraciarealya, pasó a #15m y de ahí a #acampadasol y #yeswecamp. Luego llegarían #spanishrevolution, #notenemosmiedo, #nonosvamos y otras tantas variaciones. Han pasado los días y los ecos de la manifestación del 15M han acabado por ser más fuertes que la propia protesta dominical. La Puerta del Sol en Madrid, y diferentes lugares públicos en el resto de España, son el escenario de acampadas de ese movimiento de mil nombres.

La variedad de apelativos es una buena muestra de la heterogeneidad de un movimiento con el que comparto buena parte de sus ‘qué’, pero del que discrepo absolutamente en su ‘cómo’: creo que gran parte del país está de acuerdo con muchas de las peticiones del -llamémosle- ‘Movimiento 15M’. Es difícil no estar de acuerdo con que el futuro de los jóvenes es negro, como difícil es no entender que protesten con los dramáticos niveles de paro que soportan y las condiciones laborales que sufren la mayoría de los afortunados que tienen trabajo. Lo sorprendente es, de hecho, que hayan tardado tanto.

Pero hay hasta diez matices que me impiden estar de acuerdo con la forma en la que se están haciendo las cosas:

  • Uno. Piden ‘democracia real ya’, aduciendo que los poderes políticos tienen secuestrada la representación ciudadana. Hablan de ‘censura’, de una ‘dictadura’ del sistema. Son palabras grandilocuentes que llenan bocas, pero vacían significados. Lo que vivimos es una democracia, imperfecta, mejorable, pero democracia. De hecho, ninguno de los manifestantes sabe qué es una dictadura, ni lo que es la represión, ni lo que es la censura. Si lo supieran a buen seguro que no usarían esas palabras.
  • Dos. Nuestro sistema permite castigar la indolencia política cada cuatro años, y ejemplos como el de Valencia, donde el imputado Camps aumentará su mayoría absoluta me llevan a pensar que el problema no es tanto del sistema, sino también de la propia ciudadanía. Que lo que salga en las urnas no nos guste no implica que esto no sea una democracia: jugar con palabras de las que se desconoce su significado es un insulto a la inteligencia, y cuestionar el sistema es una invitación peligrosa al populismo.
  • Tres. La ley es dura, pero es la ley. La frase, que arrastramos desde la antigua Roma, es bastante precisa: podemos no estar de acuerdo con decisiones tan controvertidas como la de la Junta Electoral, pero la ley es la ley. Y si la Policía recibe orden de desalojar, desalojará. Ocupar el espacio público sin permiso de manifestación no sólo es un error, sino que es ilegal. Incumplir la ley tiene consecuencias para todos. No se puede pedir democracia si no se empieza por respetar las normas. Y si las normas no gustan o no funcionan, se cambian, pero desde dentro, democráticamente.
  • Cuatro. Llamar a la desobediencia cívica, como hacía ayer Enrique Dans, es una invitación peligrosa. Por más que el movimiento sea pacífico en los tumultos siempre hay algún agitador. Basta un violento montando lío para que las fuerzas de seguridad intervengan: no se van a parar a identificar quién alborota y quién no cuando la sola presencia del dispositivo policial provoca abucheos. Quienes agitan el avispero no suelen estar en la plaza cuando las cosas se ponen difíciles y son otros los que reciben los golpes.
  • Cinco. La forma de cambiar las cosas es otra: ni incumplir la ley, ni plantar cara. En una pieza anterior proponía cambiar el sistema desde dentro: montar un partido que aglutine peticiones y propuestas, pedir el voto y competir democráticamente, como hizo Rosa Díez. O, como sucedió con Cataluña y los toros, promover Iniciativas Legislativas Populares para llevar las propuestas a las Cortes. Al ajedrez no se juega con dados.
  • Seis. En el corazón del movimiento hay una crítica a los dos grandes partidos, “una partitocracia”, según sus propias palabras. Es innegable que el bipartidismo resta pluralidad, pero la realidad es tozuda: partidos como IU quitan votos al PSOE cuando hay descontento con los socialistas, como UPyD quita votos al PP cuando hay descontento con los populares. Pero, ¿y cuando no? Entonces la realidad demuestra que el ciudadano medio -salvo nacionalistas- es de uno o de otro, rojo o azul. Además, cuando el descontento ha arreciado, el multipartidismo ha hecho ingobernables países como Bélgica o Italia, o ha dejado hueco a los ultras en Austria, Finlandia, Dinamarca u Holanda. Y si no, volviendo a lo anterior, vota a otro partido, pero vota porque -no te equivoques- abstenerse beneficia a los grandes.
  • Siete. Una de las peticiones del movimiento es la inclusión de listas abiertas, algo que sobre el papel es fantástico (poder votar a candidatos sueltos en lugar de a listas cerradas de partidos), pero que esconde un peligro que no se ha tenido en cuenta. El sistema de listas abiertas permitiría que cualquier empresa o lobby ‘apadrinara’ a un candidato, invirtiera dinero suficiente en su campaña como para garantizarle un escaño y le pusiera como única meta defender el interés de dicha empresa. Eso, que a algunos les sonará raro, es exactamente lo que sucede en Estados Unidos. ¿Es eso mejor que lo que tenemos?
  • Ocho. Se compara la revuelta con otras que han tenido lugar en los países árabes, cuando poco o nada tienen que ver. Allí luchaban, en un contexto tribal o de confrontación de religiones, contra dictaduras totalitarias. Aquí no. Aquí el Ejército no va a disparar a los manifestantes, ni se va a secuestrar a familiares de los cabecillas para torturarles. Aquí tenemos democracia, real aunque imperfecta, y a nuestros líderes, aunque no nos gusten, les elegimos nosotros. Y la Justicia, aunque no nos gusten sus decisiones, nos protege.
  • Nueve. Ser trending topic en Twitter no quiere decir nada. Twitter lo usamos una reducida porción de los internautas, que a su vez somos una porción de la sociedad. El mundo real está ahí fuera, y el gran mérito de estos movimientos es haber conseguido ‘desvirtualizar’ manifestaciones de malestar que no habían saltado de la pantalla a la calle. Hasta ahora. Pero fuera de eso la realidad es tozuda: cualquier manifestación de las víctimas de ETA no hace mucho ha sido tan numerosa como ésta, cualquier manifestación por problemas hídricos hace unos años era mucho mayor que ésta… y casi cualquier partido de segunda división convoca a más espectadores que gente hay acampada en Sol. Lo que pasa es importante, pero no hay que perder la noción de la realidad.
  • Diez. La conspiranoia no es un argumento: decir que los medios no han hecho caso, cuando están dando mucha más cancha a este tema que a cualquier otro de iguales o mayores dimensiones humanas, es no decir la verdad. Decir que la Junta Electoral actúa al dictado del sistema tampoco es decir la verdad. Ver una ‘mano negra’ del sistema en cada cosa que no sea como uno quiere no es una razón, sino un punto en contra.

Y, por cierto, la iniciativa pide justo lo contrario de lo que va a conseguir: el movimiento hace muchísimo más daño al PSOE que al PP, por lo que sí va a favorecer -aunque sea indirectamente- a uno de los grandes. Eso, claro, a los manifestantes no tiene por qué importarles, ni tampoco a los medios conservadores, que se están luciendo con la cobertura del tema.

Viñeta: Malagón