El cambio de ciclo diezma las filas del PSOE

Siete años y medio de Gobierno y once años de gestión de un partido dan para mucho: da para hacer, para equivocarse, para volver atrás… Dan, como ha sucedido, para abrir y cerrar un ciclo. A UCD le pasó con su división interna, al PSOE con la corrupción y los escándalos de la guerra sucia contra ETA, al PP con el Prestige y el 11M, y a este segundo Gobierno socialista, con la crisis económica.

No es raro ni es nuevo: también en el Partido Popular se vivieron salidas -algunas inmediatas, otras no- de nombres tan importantes como los de Zaplana (hoy en Telefónica), Rato (presidente de Bankia), Acebes (directivo de la misma entidad), San Gil (en FAES), Piqué (presidente de Vueling), Costa (responsable mundial de Cambio Climático en Ernst&Young) o Álvarez Cascos (hoy presidente asturiano en otro partido). Estas salidas pasan con cada cambio de ciclo de cada partido, como los de Imaz (presidente de Petronor) o Ibarretxe en el PNV, el de Carod en ERC, el de Quintana en el BNG, el de Llamazares en IU, o, en su día, el de Guardans (hoy directivo de la Unión Europea de Radiodifusión) en CiU. Del primer Gobierno socialista se quedaron por el camino los Solchaga (vicepresidente del patronato del Reina Sofía), Serra (presidente de Caixa Catalunya) y compañía. Algunos sobrevivieron y juntaron sus destinos con una nueva hornada de novatos que arroparon a Zapatero hace once años cuando derrotó por sorpresa a Bono en las primarias de un partido cansado de la bicefalia inefectiva de Almunia (vicepresidente de la Comisión Europea) y Borrell (presidente del Instituto Universitario Europeo).

Pero la historia se repite: llega el cambio de ciclo y, como con cada cambio de ciclo, se abren la batalla por el control del futuro del partido. Algo así como lo que Esperanza Aguirre lleva años esperando en el PP y como lo que otros más veladamente -el propio Rubalcaba- o menos veladamente -Tomás Gómez- hacen en el PSOE. La de Rubalcaba es la última oportunidad por rescatar las cenizas de un proyecto asolado por el tiempo, los efectos de la crisis y su gestión de la misma. Y sólo hay que ver  la cantidad de ilustres del socialismo que se han quedado por el camino en estos años y, especialmente, en estas últimos semanas.

El quemado por excelencia es el propio Zapatero, que nunca dijo que sólo quisiera gobernar dos legislaturas, pero a quien la realidad política y la presión familiar han abocado a la retirada. Antes que él, pero con él, se fue De la Vega, su escudo y lanza, que ahora descansa en el Consejo de Estado. También se irá la eterna número tres, la única que ha estado hasta el final con Zapatero, Salgado, que ya ha anunciado que no quiere ir en las listas de las próximas elecciones.

Algunos deshojan la margarita en algo que no se sabe si es duda, enfado o autocampaña publicitaria: Guerra, Bono, Chaves o Calvo han insinuado más o menos directamente que tampoco querrán estar en la presumible derrota de noviembre. Algunos prefirieron en su día la empresa privada para refugiarse, como Solbes (hoy consejero de Barclays), Vegara (directivo en el FMI) o  Sevilla (asesor en PriceWatterhouseCoopers), otros han ido a organismos comunitarios -como Magdalena Álvarez, vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones-, donde otros se refugiaron en su día -como Javier Solana, hoy profesor en ESADE-. A la lista se suman incluso fieles a Zapatero, como Miguel Sebastián, que al parecer también habría solicitado quedarse al margen de los comicios de noviembre.

Y aún quedarían otros muchos por nombrar que han dado un paso al costado durante la etapa de Zapatero como Joan Clos (hoy directivo en la ONU), Nicolás Redondo Terreros (consejero de una empresa de FCC), Manuel Marín (presidente de la Fundación Iberdrola), Cristina Alberdi (frecuente de las tertulias televisivas de derecha), Gotzone Mora (en un organismo público de la Generalitat Valenciana) o Rosa Díez (hoy diputada en otro partido), por nombrar algunos más. La puerta sigue abierta.


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Reformas necesarias y reformas vergonzosas de última hora

Recta final del Gobierno Zapatero, y posiblemente, del segundo Ejecutivo socialista de nuestra historia. En estas últimas fechas cunde la prisa para cerrar reformas. Algunas tan vergonzosamente encaminadas a camuflar los dramáticos datos del paro como reabrir la moratoria a los ciudadanos rumanos, eliminar la obligatoriedad de pasar a contrato fijo tras un año de contratos temporales o acabar con la limitación legal de los 25 años para los contratos de prácticas y llevarlos hasta los 30.

Pero también reforman la Constitución. Lo hacen PSOE y PP de la mano, mediante acuerdo y sin referéndum, tal como prevé el propio texto constitucional para estos casos por más que muchos se desgañiten pidiendo votar. El precedente es importante: sólo se ha abierto la caja de Pandora que es la Constitución una vez, en 1992, como consecuencia de nuestra entrada en la Unión Europea. Sin embargo, se ha evitado meterle mano para otras cosas demandadas por sectores más o menos amplios: reforma de la legislación que afecta a la Corona o reforma de la ley electoral, por poner dos ejemplos.

La reforma, además, se hace como se debe: en la Carta Magna el espíritu del texto y en una Ley Orgánica, las cifras. En la Constitución las características y limitaciones y fuera los números, esos que parecen adecuados hoy pero quizá no lo sean mañana. Ahora bien, ¿de qué sirve estar en la Constitución? En ella se contemplan como derechos asuntos como el trabajo o la vivienda, derechos que no se cumplen porque son eso, derechos, no obligaciones. Sólo un Gobierno que construyera casas para todos y absorbiera a cualquier parado daría sentido a que el texto constitucional recoja algo tan aparentemente fatuo. Pero ese sí sería un Estado totalitario, en el que posiblemente no existiera derecho a la propiedad privada (porque la vivienda sería estatal) o que controlaría y regularía cualquier actividad comercial (porque la mayoría del empleo y las empresas serían públicas).

Controlar el déficit por ley, aunque pueda costar muy caro a una izquierda en disolución, es muy necesario. No tanto por el Estado, que también, sino para esa cantidad enorme de dinero inexistente que ha salido para nunca volver de las instituciones autonómicas y locales. Ahora bien, camuflar las cifras del paro facilitando la contratación basura y repitiendo la fórmula liberal del Ejecutivo anterior no parece una apuesta propia de un Gobierno progresista. Como tampoco cercenar las libertades de un grupo reducido de europeos no precisamente ricos para aligerar la tasa de desempleo.

Y así se vuelve al principio: por cosas así el Gobierno de Zapatero toca a su fin y, con él, posiblemente también la segunda etapa socialista en La Moncloa. Hay crisis, y eso exige medidas duras, pero ¿para qué votar  a un partido progresista que copia políticas económicas liberales pudiendo votar directamente a los auténticos liberales si es eso lo que se quiere? Gran parte del electorado no va a perdonar estas medidas al Partido Socialista, y parece que tampoco muchos de sus propios miembros.


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Gorka Ramos: el periodista como noticia, el periodista como símbolo

Hola a tod@s . Me gustaría lanzar desde aquí tres mensajes. Sobre declaraciones que me acusan de haber escupido e insultado a la Policía: estaba trabajando, no escupiendo. Dos: Me desmarco de toda campaña política que trate de utilizar mi nombre como arma electoral (ya sea a favor o en contra del Gobierno). Y tres: El periodista no debe ser noticia, no pretendía ni pretendo serlo. Gracias por vuestro apoyo, me he sentido muy arropado por tod@s. (Via | @gorkars)

Gorka Ramos, redactor de lainformacion.com, ha escrito el texto que encabeza este post a través de su cuenta de Twitter. Lo hace día y medio después de haber sido detenido por la Policía Nacional mientras cubría la manifestación de los ‘indignados’ frente al Ministerio del Interior. Gorka pasó toda una noche incomunicado, sin saber siquiera si habían hecho la llamada que había pedido. Durmió en el calabozo sin saber que a las dos de la madrugada despertaron a un compañero para que la empresa tramitara un abogado. Durmió sin saber que el director del periódico se levantó de la cama cuando el compañero le llamó y que pasó toda la noche a la puerta de la comisaría pidiendo que le dejaran verle. “No es tanto el daño físico como el psicológico: el no saber quién lo sabe, el no saber porqué estás encerrado”, me contaba Gorka el viernes por la noche por teléfono.

Sobre la detención de Gorka hay poco que decir. En el vídeo se ven claramente las circunstancias en las que pasó todo. Él estaba tuiteando, se le acercaron un grupo de policías, intentó explicarles que era periodista y enseñarles la acreditación y acabó en el suelo, rodeado y recibiendo golpes. Se lo llevaron y sobre él pesa una acusación de desobediencia a la autoridad. Él ha contado su versión, y hasta lainformacion.com, medio del que soy el máximo responsable por debajo del director, ha dado la suya.

En todo momento se ha intentado enseñar lo que ha sucedido para responder a medios que dijeron que Gorka era un ‘indignado’, que había escupido a un agente, que ya había sido detenido en manifestaciones de ‘indignados’ y no sé cuántas cosas más. Nadie nunca ha llamado a la redacción para confirmar nada. Sólo un compañero de El País me llamó mientras yo conducía desde Valencia en dirección a Madrid. Hay compañeros de otros medios a los que he llamado yo mismo para remitirles al vídeo para que corrigieran cosas que se decían en sus páginas que no eran ciertas. Ni escupió, ni insultó, ni había cubierto nada de los ‘indignados’ porque Gorka trabaja en la sección Mundo. De hecho, si no hubiera sido agosto él no hubiera ido a cubrir este tema.

En este día y medio han surgido muchos debates que me invitan a escribir esto. Algunos compañeros periodistas han cuestionado las versiones que hemos dado y están en su derecho: preguntarse cosas o dudar de ellas es nuestro trabajo. Ante las dudas no tengo más respuesta que el vídeo que, afortunadamente, alguien grabó y publicó. Suele suceder que en la sociedad en la que vivimos la militancia sea el argumento: o eres blanco o eres negro, pero si eres gris ambas partes te criticarán. Yo no critico la duda, critico a quien afirma sin saber y sin haber querido preguntar.

Algunos critican que estemos hablando de estas cosas sólo cuando el que ha sufrido los golpes de la Policía es un periodista. Ayer Gorka era la noticia. Sí, es uno más, un detenido, pero es más que eso. Es un detenido inocente, injusto, que no gritó, no insultó, no escupió, no agredió. Aunque no sea importante, Gorka es el tipo más pacífico de la redacción, tímido, educado. Lo que le ha pasado es un error. Seguramente hay más, claro, pero él es periodista y la noticia ha saltado a todos los medios dentro y fuera del país. “A ver si ahora los periodistas vais a ser inmunes”, le espetó el policía que llamó a mi compañero la noche del viernes para contarle que Gorka había sido detenido. No, no somos inmunes, pero nosotros no estábamos manifestándonos: un compañero estaba contando lo que pasaba y le agredieron y retuvieron.

Detener a un periodista no es más importante que detener a un fontanero, pero tiene un significado profundo: el periodista es los ojos y los oídos de quienes no pueden estar en cada sitio, es la voz del que tiene algo que contar al mundo. Detener a un periodista sin que haya hecho nada ilegal es amordazar a una parte de la sociedad. Y hacerlo cuando sabes que es periodista y cuando estaba únicamente haciendo su trabajo es algo muy grave.

Atacar por opinar

Algunos, ya bajando a lo personal, me han acusado a mí de haber dejado de seguir a gente en Twitter por opinar diferente sobre el tema de los ‘indignados’. En lainformacion.com unos cuantos hemos sido muy críticos con los ‘indignados’, pero siempre en lo personal: yo opino, pero no cuando escribo para mi medio. Opino en mi blog, opino en mi Twitter. Por eso algunos se han hecho cruces cuando nos hemos hecho eco de lo que ha sucedido con Gorka y hemos criticado la intervención policial. Para quien le interese, sigo pensando lo mismo: me indignan los indignados intolerantes, que ocupan las calles, bloquean la ciudad y se autoerigen en representantes a los que no he elegido. Me indignan los ‘indignados’ que agreden a políticos en Barcelona, que creen que la plaza, que también es mía, les pertenece sólo a ellos.

Me indigna quien cree que es guardián de la soberanía popular, y quienes creen realmente que esto es algo diferente a tantas y tantas muestras de enfado con cómo son las cosas. La crítica es necesaria, imprescindible, y como he escrito muchas veces no estoy de acuerdo con el ‘cómo’, pero sí con algunos de los ‘qué’ del #15M. La crítica es legítima, pero los medios no son legales. Ser demócrata implica muchas cosas, como distinguir entre legítimo y legal. No es lo mismo.

Otros, incluso, me han dicho en estas horas que yo he pasado de criticar a los ‘indignados’ a cambiar de bando por lo que le ha sucedido a Gorka. Sobre esto hay poco que decir. No dejo de seguir a nadie por discrepar con esa persona. Dejo de seguir a la gente cuando no me interesa lo que cuenta. Curiosamente es gente que reprocha que pienses determinadas cuestiones, que critica que puedas matizar opiniones y que hace público lo importante que era que le siguieras con arranques de ira. No he cambiado mi opinión, como tampoco he cambiado de ideología desde que tengo uso de razón. Otros que critican tampoco han cambiado en nada, siguen donde estaban. Y están ahí por algo.

Para mí algunas redes sociales son instrumentos de trabajo, parte de lo que hago, y constituyen una fuente de información: si no me informas de cosas que me interesan, no te sigo. No me interesa el golf, no me interesa el SEO, no me interesa tu vida y no me interesan las opiniones de gente que no está capacitada para opinar de muchas de las cosas de las que opina. Por poner algún ejemplo. Sólo espero que también me dejen de seguir cuando yo no interese. A mí no me interesa tener seguidores cautivos. Me interesa denunciar lo que creo que tengo que denunciar.


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