De Guindos, el ministro-sonda


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Si se repasan todas las contradicciones, desmentidos, improvisaciones aparentes y correcciones del Gobierno en estos cuatro meses que lleva al mando, la gran mayoría corresponden al ministro de Economía. Cabe pensar que en el contexto de crisis actual es lógico que el grueso de la actividad recaiga sobre él, pero quienes están asumiendo mayor desgaste en esta primera etapa son más bien la vicepresidenta Saenz de Santamaría, su colega en Hacienda Cristóbal Montoro y su colega en Empleo, Fátima Báñez. La primera es la que comparece para proteger a Rajoy, el segundo es el encargado de desfacer los entuertos en los que se mete su económico compañero y la tercera ha sido la cara visible de la reforma laboral.

¿Problema de comunicación? ¿Inexperiencia política? Nada de eso. Luis de Guindos es un viejo tiburón al que, aunque es cierto que le falta experiencia política, no parece causarle ningún problema de sueño el tomar medidas impopulares. Al menos eso cabe pensar teniendo en cuenta que él fue el máximo responsable de Lehman Brothers en España y Portugal, justo la entidad que causó la crisis que él ahora mismo intenta combatir.

Más bien parece que es el encargado de decir las cosas que el Gobierno quiere testar. El encargado de lanzar los globos sonda. Sí, esos mensajes que se dicen a ver qué impresión causan y, si no hay demasiado alboroto, pueden concretarse en medidas. O esos mensajes que sirven de cortina de humo para esconder otras medidas que buscan pasar inadvertidas. Tiene su lógica toda vez que el PP ha decidido sacrificar en el altar del olvido a Esteban González Pons, hasta hace muy poco el ‘perro de presa’ político del candidato Rajoy. Sin un hombre en el partido que diga las cosas que el presidente no puede decir aunque piense, hace falta alguien que tome la temperatura a la sociedad. Y ese muy bien podría ser De Guindos.

Hasta en diez ocasiones -una de cada cuatro de las contradicciones del Gobierno- el ministro de Economía ha sido corregido, matizado o replicado en público por algún compañero del Gobierno. O eso o, directamente, ha actuado de forma diferente a la que se dijo que se actuaría.

El increíble déficit creciente

Una semana después de las elecciones Cospedal, la portavoz oficiosa del Gobierno pese a no estar en él, marcaba como una de sus prioridades el control y cumplimiento del objetivo de déficit. ¿De cuál? En principio, del comprometido por el Gobierno anterior, un 4,4%. Ese déficit iba a cumplirse “cueste lo que cueste”. Un par de meses después se supo que el Gobierno negociaba con Bruselas una flexibilización de ese marco, es decir, que Europa fuera menos exigente. A finales de febrero se barajaba un objetivo de déficit por encima del 4,4% y, antes de la herida, se ponía la venda: por si Europa no daba su brazo a torcer España estimaba que incumplir las reglas no implicaría incumplir las reglas. Sí, así como suena. Por si acaso.

Pero la situación se complicó. Europa se negaba a flexibilizar sus condiciones si España no le enseñaba sus cuentas. El problema es que Rajoy no iba a presentar todavía sus Presupuestos, seguramente porque hacerlo antes de las elecciones andaluzas y asturianas le perjudicaría. Así las cosas, Rajoy tomó la iniciativa: decidió fijar su previsión del déficit en el 5,8% apelando a su “decisión soberana” más allá de lo que dijera Bruselas. Eso sí, endulzaba la decisión emplazando a la UE a los próximos dos años, cuando se vería la progresión económica española, porque España “cumple, está cumpliendo y cumplirá”. El resultado es por todos conocido: Bruselas se negó a pasar del 5,3% y a De Guindos le tocó decir que sí. Objetivo cumplido: la UE ha flexibilizado el objetivo, aun a cuenta de que el Gobierno tuviera que tragarse su arranque de orgullo y todas las críticas que hizo al Ejecutivo anterior por gobernar al dictado de Europa.






¿Y quién paga esto del déficit?

El enésimo enfrentamiento interministerial a cuenta del déficil viene por un nuevo encontronazo entre el responsable de Economía y el de Hacienda. Según el primero, el pago de los 5.000 millones extra del déficit que la UE exige a España recortar iba a recaer sobre las distintas administraciones. Según el segundo no será así: lo asumirá íntegramente el Estado.



Sanidad gratuita, pero no mucho

El ministro de Economía, Luis de Guindos, acumula desmentidos. Por la mañana desató las alarmas en una entrevista radiofónica en la que aseguraba que el Gobierno trabajaba en que las economías más acomodadas pagaran para mantener la sanidad. Dicho pago implicaría automáticamente el fin de la sanidad igual y gratuita para todos los ciudadanos.

Apenas unas horas después el partido, en boca de Carlos Floriano, uno de los tres pesos pesados que acompañan a Rajoy en la cúpula del partido, le desmentía. Floriano aseguraba que las palabras del ministro eran “una reflexión” personal y que el Gobierno sólo contemplaba la gratuituidad de la sanidad como opción.



Dos mil milloncejos de nada

Luis de Guindos, ministro de Economía, cambia sus cuentas. Había estimado que se necesitarían 50.000 millones para sanear los activos sanitarios inmobiliarios de los bancos. Ahora vuelve a calcular y estima que se necesitarán 52.000 millones. No es mucha diferencia, claro. ‘Sólo’ 2.000 millones de euros. Son sólo 300 millones de euros más de lo que se destinó en 2011 a Justicia



Una reforma laboral… que no crea empleo

¿Para qué sirve una reforma laboral? En primer término para muchas cosas, pero en segundo término y como objetivo final siempre servirá para intenar crear empleo. Es lo suyo. Así lo veía el ministro de Economía, Luis de Guindos, que aventuró que la recién aprobada reforma laboral tendría “efectos positivos a medio plazo”.

Por si alguien entendía que eso significaba que se iba a crear empleo ahí estaba Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, para decir que no, que no creará empleo “por sí misma”. La pregunta es entonces saber para quién serán positivos esos efectos a medio plazo si no es para los trabajadores.



Crear no, pero casi

El tema no termina ahí. Luis de Guindos siguió enredando semanas después con la tan traída y tan llevada reforma laboral. No va a crear empleo, pero gracias a ella estima el ministro que habría “ahorrado” un millón de parados. Es decir, crear no crea empleo, efectos positivos a corto plazo no tiene, pero Economía estima que si no se hubiera aprobado se habrían apuntado a las listas del INEM un millón de desempleados más, ahí es nada. Y eso en unas pocas semanas.



Usted al dictado, pero yo doy parte

Mariano Rajoy, entonces líder de la oposición, acusó al Gobierno de Zapatero de actuar al dictado de Merkel a la hora de tomar decisiones. Luis de Guindos, ministro de Economía, avisaba al comisario europeo Oli Rehn de cómo iba a ser la reforma laboral que dos días después presentaría en sociedad. El alemán escuchaba asintiendo, como quien oye recitar la lección a un alumno.






¿Agresiva? ¿Quién dijo agresiva?

Por si ser pillado con las manos en la masa haciendo lo que criticabas de tu antecesor no fuera suficiente, mejor aventurarse a dar una explicación absurda.

El ministro De Guindos, después de que una cámara le pillara diciendo que la reforma laboral iba a ser “extremadamente agresiva”, matiza sus palabras: claro, la reforma laboral será “extremadamente agresiva… contra los problemas del empleo”.



Contrato único: sí, pero no

Luis de Guindos, anterior cabeza de Lehman Brothers a este lado del charco, escribía un artículo en The Wall Street Journal poco después de convertirse en ministro de Economía. En él sostenía que era necesario simplificar los modelos de contratación vigentes en España, ya que más de cuarenta posibilidades eran excesivas. Defendía crear un contrato único con estas palabras:

Actualmente tenemos unos 40 tipos diferentes de contratos de empleo. Esto tiene que simplificarse: un único contrato a tiempo completo con cláusulas comunes para todos los nuevos trabajadores, y otro para cubrir la contratación a tiempo parcial.

Veinte días después es la titular de Empleo la que rechaza el contrato único porque, en sus palabras, es “inconstitucional”.



Control presupuestario, pero sin control

De Guindos, titular de Economía, aventuraba que equilibrar la balanza del déficit estatal pasaría por un férreo control presupuestario a las autonomías. El ministro al que más se ha rectificado en público en el nuevo Gobierno no tuvo una, sino dos respuestas. Primer Gallardón, ministro de Justicia, dijo públicamente estar en desacuerdo y después Montoro, ministro de Hacienda, le rectificó.