Presunción de inocencia

Un periodista escribiendo sobre un político, qué obscenidad. Al menos, claro, cuando lo hace para defenderle. Porque que uno salga a defender la presunción de inocencia de alguien viene siendo defender a alguien, así están las cosas en nuestro país. En estos últimos tiempos nos hemos acostumbrado a ver a políticos esposados, ante el juez y, en algunos casos, en la cárcel. De igual forma, y salvando las distancias, nos acostumbramos a ver abriendo periódicos detenciones de etarras que luego, cuando eran liberados y el “golpe a la banda terrorista” quedaba en nada, no nos enterábamos. El daño a las personas, políticos o etarras, ya estaba hecho, y nos daba igual.

La historia de Santiago Cervera es jugosa. Un diputado del PP que “supuestamente” está implicado en una trama de “hipotética” extorsión. Con esas palabras mágicas los medios podemos publicar cualquier cosa. Yo lo cuento, si luego queda en nada nosotros dijimos que era un supuesto y una hipótesis.

A grandes rasgos, un banquero de Caja Navarra, contra la que Cervera ha sido muy crítico, denuncia que le han amenazado anónimamente con publicar informaciones comprometedoras si no deja un sobre con dinero en un lugar determinado en una fecha determinada. Según la versión de Cervera, otro anónimo le llama para decirle que van a dejar un sobre con información importante en ese mismo sitio y ese mismo lugar y él, de forma “imprudente” como lo ha definido, va al lugar “por curiosidad” y es detenido por la Guardia Civil, interrogado y luego liberado.

Ignoro, en lo profesional, si la historia es cierta. Defiendo, en lo personal, que me cuesta creerla. Conozco a Cervera desde hace un tiempo, no es mi amigo, pero sí una persona con la que hablo regularmente. Escribe en mi revista, como de vez en cuando con él y nos contamos cosas del ámbito político y periodístico. Nada más que eso. Pero por lo que le conozco me cuesta creer que haya extorsionado a nadie, que lo hiciera por 25.000 euros y que ponga en juego su carrera de una forma tan estúpida. También diré que, aunque ETA ya no mate, me sorprende que un líder popular navarro se arriesgue a recoger un paquete de esa forma. Yo en su lugar hubiera ido al lugar a ver qué había, sin duda. También creo que si un personaje público extorsiona anónimamente a alguien es bastante estúpido si se acerca a cara descubierta a recoger su botín.

Por todo eso, por lo personal y por lo que me dice la lógica, creo que la historia quedará en nada. Lo creo como persona, no como periodista. Sin embargo el daño ya estará hecho. Él ha dado sus explicaciones, pero los medios ya lo hemos lanzado, tratando el tema de formas diversas según lo simpático o antipático que caiga el personaje, titulando con la acusación o con la explicación según quién pague el medio, habiéndole llamado para preguntar o no, según lo que se quiera contar. La crisis política existe, pero la periodística también.

Yo, de momento, esperaré a ver lo que dice el juez, que es de lo que se trata en un sistema como este, de democracia e instituciones serias. Nosotros, la prensa, ya tenemos el titular. Yo, la persona, creo en que Cervera no está detrás de nada tan burdo. Si el tiempo me desmiente o no ya lo veremos. El daño, cuando llegue ese momento, ya estará hecho. Y, como con él, con muchos otros antes. y eso debería hacernos pensar.

Quiere ser la primera mujer lehendakari y la última. Laura Mintegi, cabeza de lista de EHBildu, tiene la lehendakaritza a tiro según las encuestas. Va por detrás del PNV, pero la irrupción de Bildu, el regreso de Amaiur a las Cortes en Madrid y la legalización de Sortu hacen factible una victoria de la coalición abertzale. Seguramente supere la marca de María San Gil, la candidata que mejores resultados ha obtenido hasta ahora, pero con un objetivo muy distinto: ser primero lehendakari para después ser la primera presidenta de un Euskadi independiente. El reto de una lehendakari abertzale ha arrancado

Europa es una pequeña porción de terreno llena de divisiones fronterizas. Banderas, idiomas, costumbres y ascendencias étnicas que no siempre se han llevado bien. Aún ahora, tras las guerras medievales, el colonialismo, las guerras mundiales, las escaramuzas bélicas del siglo pasado y los grupos terroristas, quedan inquietudes nacionales por resolver. Concretamente, más de sesenta. Así sería el mapa de Europa si triunfaran los nacionalismos

Uno sacó el pito en plena tribuna de oradores. Otro metió descabello y banderillas en un debate. Hay quien ha llevado una linterna de minero, un casco de minero o, sencillamente, una naranja. También hay banderas, chapas, camisetas… y hasta una bomba de racimo. Este es el inventario de objetos raros que se han visto en sede parlamentaria

La nación sin debate

El debate sobre el estado de la nación no es obligatorio por Ley. De hecho, ni siquiera nació con la democracia. El primer Gobierno socialista de Felipe González lo puso en marcha y, desde principios de los ’80, se ha venido celebrando como colofón del curso político. Cada año, en junio o julio, el tradicional discurso del presidente del Gobierno seguido por las réplicas y contrarréplicas de los líderes de cada grupo parlamentario. En total, dos días de debate maratoniano en los que el Gobierno respondía ante sus contrincantes y, por extensión, ante la ciudadanía.

El debate sobre el estado de la nación no sirve para nada. Entiéndase ‘servir’ en la extensión más pragmática de la palabra. En él no se aprueba nada, no se rechaza nada, no se promulga o prohíbe. Sencillamente, como indica su nombre, se debate. Se contraponen ideas cara a cara y en un maratoniano directo televisivo. Es algo que, en cierto modo, los líderes políticos hacen cada semana en el Pleno, en la sesión de control al Gobierno o, cuando se tercia, en alguna comparecencia puntual.

El debate sobre el estado de la nación no interesa a nadie. Si apenas la mitad de los votantes acude a las urnas en cada cita electoral, ni siquera la mitad de ese porcentaje sigue el debate. Sólo los apasionados de la política, los medios de la comunicación, los militantes y un puñado de ciudadanos están pendientes de lo que se dice allí. Pocos, casi ninguno, sigue la emisión en directo a través de radio, televisión o redes sociales. Algunos más, eso sí, leen los resúmenes e interpretaciones en los medios de comunicación al día siguiente.

Pero lo importante en la decisión del presidente Rajoy de no celebrar este año debate sobre el estado de la nación no es nada de eso. Da igual que sea o no obligatorio, que sirva o no para algo, que interese o no a la gente. Cerrar una tradición parlamentaria española con casi treinta años de vida tiene una importancia que trasciende lo simbólico y va a la esencia misma de la clase de político que dirige los destinos del país. Porque, ¿qué es o tiene que ser un dirigente político? Alguien que tome decisiones y las asuma, alguien que las explique a sus votantes y también a quienes no le han votado, alguien que dé la cara para rendir cuentas de su trabajo porque, no conviene olvidarlo, nosotros somos los empresarios que tenemos en nuestras manos prorrogar o no su contrato: él depende de nosotros en mayor medida de lo que nosotros dependemos de él.

Tampoco las ruedas de prensa son obligatorias, ni sirven para nada, ni interesan apenas a nadie. Ni las comparecencias. Ni responder preguntas. Pero la política, la gestión de un país, es más que lo obligatorio, lo útil o lo interesante. Cada vez que un político se niega a comparecer está negando explicaciones a la ciudadanía. Cada vez que se escuda en sus subalternos también. Cada vez que responde con una evasiva o se niega a responder. Cada vez que se contradice, incumple una promesa o, directamente, miente.

Foto original: Juanjo Guillén (Agencia EFE)En el pasado los debates sobre el estado de la nación nos dieron una idea de la situación del país. González los creó y los convirtió en una herramienta para enseñar qué pensaba cada fuerza política. Aznar los aprovechó para hacer de su lead político un machachón y exitoso eslogan, con aquel “Váyase señor González” que millones de españoles corearon después. Con él el en Gobierno no se perdió la tradición: tan poco amigo como era de dar explicaciones, defendió su posición como el brillante orador parlamentario que fue y evidenció el desolador estado de aquel socialismo postfelipista.

También en un debate sobre el estado de la nación Zapatero demostró que podía ser un líder de futuro cuando le dijo al incontestable presidente honorífico del PP lo que millones de españoles pensaban de su gestión. Y, cuando logró llegar a la Moncloa, siguió celebrando unos debates que acabó convirtiendo en una subasta de medidas sociales pensadas para acallar el discurso catastrofista de un Rajoy que, al final, ha acabado por silenciar todo debate.

Los últimos debates sobre el estado de la nación mostraron a un Zapatero moribundo y torpe en los discursos que conseguía revivir en las réplicas. Mostraron a un Rajoy hábil en la interpretación de un discurso medido, pero torpe a la hora de zafarse en las réplicas. A él no le gustaba improvisar, al menos hasta que llegó al Gobierno.

Rajoy dejó de ser un presidente del Gobierno responsable cuando no compareció tras el rescate bancario a España y delegar en De Guindos. Perdió la confianza de muchos cuando sólo dio la cara tras el revuelo de su espantada a Polonia para ver el fútbol, espantada que finalmente mantuvo. Invirtió la mitad del día después del rescate en ver un partido intrascendente, algo que ni siquiera hizo Zapatero en la final del Mundial azuzado como estaba por una prima de riesgo que era un tercio menor a lo que es hoy.

Pero Rajoy ha hecho algo mucho peor ahora. Rajoy, en sólo seis meses de Gobierno, ha dado la espalda a todo y a todos. Amparado por la legitimidad de su aplastante mayoría absoluta y su incontestable poder regional y local, repite y magnifica los peores vicios del último Gobierno de Aznar. No contesta a preguntas, sino que huye por el garaje del Senado. No comparece ante los periodistas, cuando lo hace no admite preguntas y, cuando lo ha hecho, responde con evasivas. Ahora, en el año más crítico para nuestro país desde el Golpe de Estado de 1981, nos deja sin dar la cara.

No es un problema de que sea poco hábil en las réplicas. Ni de que tenga miedo al debate. Es un profundo desprecio a los españoles en el momento en que más necesitamos a un presidente. Es una señal de que no entiende la democracia como debate e intercambio de ideas, sino como un ejercicio de poder en el que gobernar mediante decretos y sin dar explicaciones ni asumir errores. Ni el Gobierno de Aznar de los pies encima de la mesa, el bolígrafo en el escote y el euro al aire hizo lo que ha hecho Rajoy.

Tampoco Aznar tuvo en el tierno Zapatero una oposición tan silenciosa y poco resolutiva como está resultando la de Rubalcaba. Posiblemente guarde silencio por responsabilidad, para no empeorar las cosas y desestabilizar al Gobierno. Para que caiga por su propio peso, como hizo antes Rajoy con Zapatero. Pero España ya no tiene tiempo para lecturas electoralistas. Necesita líderes con talla política y valentía, y una oposición que arrime el hombro o, al menos, demuestre que existe. No necesitamos un debate para saber que el estado de la nación es deplorable. Pero necesitamos debatir para poder pensar que esto aún es una democracia fuerte. Sin debates no hay democracia, y sin comparecencias y explicaciones no hay líderes que merezcan tal nombre. España es desde ayer mucho más pobre de lo que era. Pobre en lo único que aún le quedaba, en democracia.

Sortu ya es legal. Por segunda vez el Tribunal Constitucional ha rectificado al Tribunal Supremo, después de que sucediera lo mismo con Sortu. En medio se ha ganado tiempo y se ha cerrado el sumario Bateragune, mediante el que se ha encarcelado a gente como Arnaldo Otegi mediante acusación, precisamente, de intentar refundar la antigua Batasuna. Falta por ver si esta legalización frena el empuje de la izquierda abertzale ante las inminentes autonómicas vascas. Por lo pronto la decisión supone que entra en juego un partido que en sus estatutos condena la violencia y establece órganos propios de un partido, con sus militantes y sus congresos, algo inexistente en el mundo abertzale hasta ahora. Y supone un punto y seguido para la Ley de Partidos tras más de una década que ha obligado a los herederos de Batasuna a convertirse en una incansable máquina de fabricar identidades.

La irrupción de los neonazis griegos en las elecciones de hace unas semanas y su mantenimiento en las de este domingo han perturbado a una Europa sacudida por la crisis. El fenómeno llega al Mediterráneo, pero no es nuevo: gobiernan en Hungría, son partidos de oposición en el centro de Europa y Escandinavia y crecen con rapidez en el Este: esta es la Europa que odia

Grecia vuelve a la casilla de salida

Los griegos han decidido dar el poder a los mismos que falsearon sus datos y provocaron el inicio de la crisis que les arrastra. La disputa entre Nueva Democracia y Syriza, la izquierda radical que ha terminado por derribar al Pasok, ha centrado la atención de los medios. Esos mismos medios que, inspirados por los miedos alemanes, distinguían entre Nueva Democracia como ‘europeístas’ y Syriza como ‘euroescépticos’, a los primeros como garante de la permanencia de Grecia en el euro mediante aceptación de los rescates y a los segundos como el billete directo para la salida del euro, la vuelta del dracma y, poco más o menos, el final del proyecto europeo.

El cuento les ha salido bien. Alemania lo celebra, el Gobierno español está satisfecho y Syriza acepta la derrota como fuerza democrática que es. Lo que habría que explicar a la gente es que todo en verdad es una gran mentira. Syriza no es euroescéptica, ni rupturista. Lo único que proponía era rehacer los términos del contrato que han atado de pies y manos a Grecia ante los mercados. Reescribir las condiciones de unos rescates que están hundiendo a la economía del país casi tanto como la crisis misma. Esos acuerdos son la pasarela de la Europa alemana para ‘invadir’ económicamente hablando el futuro griego, que hoy está más hipotecado económicamente que ayer.

Al final la jugada ha salido perfecta. Los conservadores neoliberales ganan y Alemania sonríe. Los mercados agradecerán la decisión soberana de un pueblo griego asustado, confundido, harto y exprimido. Tras años viviendo en la mentira de que eran un país solvente han acabado eligiendo el camino que han considerado seguro, el que conocen. Aunque sea el camino que les ha llevado justo hasta aquí.

Junto a ellos de compañeros de camino estarán, seguramente, los grandes derrotados: los socialistas que no supieron o no pudieron enderezar la nave a la deriva que dejaron quienes hoy vuelven al Gobierno. La solución salomónica pasa por un Ejecutivo de unidad entre los dos grandes partidos. Una solución salomónica que parece justo lo contrario de lo que los ciudadanos han querido votar, cansados como están de los dos grandes partidos aunque aferrados a un clavo ardiendo antes de caer al abismo.

No conviene olvidar, en cualquier caso, que los extremos políticos siguen creciendo a la espera de que la situación siga sin mejorar: a la izquierda Syriza es ya la segunda fuerza del país y a la derecha los neonazis de Amanecer Dorado han repetido resultados y tendrán un considerable poder en el Parlamento. Los espectadores ya han empezado a aplaudir, pero el drama griego aún no ha llegado al último acto.

La crisis azuza los sentimientos nacionalistas. Pero no es un fenómeno nuevo. Cuánta sangre se habrá derramado en el transcurso de nuestra historia defendiendo territorios que ya no existen y enarbolando banderas que ya nadie recuerda. Aquí, una pequeña recopilación de banderas olvidadas

La Justicia no siempre es igual para todos, ni siquiera entre iguales. Hay genocidas que han muerto plácidamente en sus casas, rodeados de sus seres queridos, sin haber pisado un tribunal. Hay otros que purgan sus penas en cárceles que ya quisiéramos los demás como vivienda de lujo. También hay quien careció de juicio alguno y fue ejecutado sin más. Hay genocidas con suerte y genocidas sin suerte

Oroitz Gurruchaga Gogorza podría ser el último jefe militar de ETA toda vez que, una vez eliminada la violencia, no tiene sentido tener un jefe militar. Fue detenido este fin de semana en Francia. Tenía sólo 30 años y en dos años pasó de anunciar que se hacía terrorista en una sorprendente rueda de prensa a ocupar la cúpula de la organización. En su casa había mamado esa evolución. Su hermano, también etarra, falleció cuando preparaba una bomba. Su hermana eligió otro camino: ser gerente de una empresa que hoy gestiona la polémica política de recogida de basuras de los municipios gobernados por Bildu. Esta es la historia familiar del novato jefe de ETA que contó a la prensa que se hacía terrorista.

Tapas con Rafael Larreina

El último jueves de cada mes un grupo de quince personas nos damos cita alrededor de la mesa. La reunión tiene por objetivo juntar a un grupo de bloggers vinculados al mundo de la política y la actualidad y a algún político activo en el mundo de los blogs o las redes sociales. En esta ocasión le tocaba el turno a Rafael Larreina, diputado de Amaiur y miembro destacado de Eusko Alkartasuna, una antigua escisión del PNV. Este tipo de reuniones, que se vienen celebrando desde años atrás, están promovidas por José A. del Moral y Jaime Estévez, y con el tiempo han recibido el nombre de #15Conspiradores por el número máximo de asistentes que se permiten y por el lugar donde se celebran.

La cita mostró a un Larreina cercano, que no esquivaba cuestiones tan llamativas como su militancia en el Opus Dei a pesar de presentarse por un grupo de izquierda abertzale. Tampoco esquivó las dudas que le planteé sobre su afirmación de que EA fuera un partido socialdemócrata ya que, al menos según les han percibido siempre desde el PNV, su escisión tuvo que ver más con todo lo contrario y su anexión al proyecto de Bildu primero y Amaiur después no fue más que un intento a la desesperada de evitar su desaparición.

Fue curiosa su forma de intentar hacer un requiebro ante el debate del aborto o el matrimonio homosexual, posturas en las que por su radical creencia religiosa no puede estar de acuerdo con sus compañeros de viaje político. Como curioso fue también que confesara que le estaba costando adaptarse a Madrid y que no le hizo particular ilusión su designación a las Cortes tras diecinueve años en la política vasca, llegando a ser vicepresidente del Parlamento en Euskadi. “De todas las opciones que había, para mí Madrid era la última… y a mucha distancia de la penúltima”, comentaba.

A la cita, a la que acudieron compañeros como Pilar Portero, Miguel Ángel Gonzalo o Asier Martiarena, fue una buena oportunidad para comprobar de primera mano como este “cambio de modelo” que expresó el propio Larreina en referencia a la nueva postura de los abertzales respecto a la violencia de ETA era un cambio real que había convertido a sus compañeros de partido en novatos en un contexto desconocido hasta ahora. “Todo es muy nuevo”, comentaba.

En ese contexto de novedad contó como era estar trabajando con gente que tiempo atrás le increpaba, porque él nunca dejó de condenar cada atentado. También compartió su optimismo respecto a las próximas elecciones autonómicas. No reveló, porque asegura no saberlo, si a las elecciones vascas concurrirán como Bildu, como Amaiur o como otra formación. Tampoco dijo saber quién sería el candidato o candidata de la coalición abertzale.

Otras visiones de la cita: Miguel Ángel Gonzalo, Martu Garrote, Ana Aldea

La semana pasada publiqué mi segunda pieza en eldiario.es: diez preguntas y respuestas sobre la llamada ‘Vía Nanclares’, donde explico cómo funciona el camino de un etarra arrepentido para reintegrarse en la sociedad, a qué se enfrenta, qué tiene que hacer y cuál es el motivo de que exista una estrategia tan clara y definida a partir del marco jurídico desde el que el Estado actúa contra ETA.

Me estrené hace unos días en eldiario.es, escribiendo para Zona Crítica, el blog en el que trabajaremos hasta el lanzamiento definitivo de la cabecera en septiembre. En mi primer tema hablo de Txato y Txetxu, más conocidos como Fernando de Luis Astarloa y José Manuel Fernández Pérez de Nanclares. Son los dos primeros etarras que han conseguido la libertad condicional. Son etarras arrepentidos, que han salido de la banda, han pedido perdón y han prometido reparar a las víctimas. Ambos estaban en Nanclares de Oca, la estación término de la reinserción penitenciaria en materia antiterrorista. Así es como se abrieron paso hasta su salida en libertad.

Humillante humillación: del 15M al 12M

Foto: Pedro Armestre (AFP) | Via El País

“¿Has venido con los perroflautas por el rollo ese de la solidaridad, ¿a que sí?”

Casi ha pasado un año del 15M y muchas cosas han cambiado. Sus miembros dieron muestras de radicalizarse, incluso de escindirse. El movimiento dejó las grandes demostraciones y se mantuvo activo en los barrios, de forma latente aunque quizá poco perceptible. El tiempo no sólo ha pasado para ellos, también para el país. Unas elecciones autonómicas y municipales y otras generales  han cambiado por completo la cara política e ideológica de cada rincón de nuestra geografía.  Esta vez, un año después, los periódicos sí han dedicado su portada a las manifestaciones desde el primer día. Eso los que quedan, porque algunos se han quedado por el camino en este año. Por cambiar, hasta ETA ha dejado las armas en este año que ha pasado.

Muchas cosas han cambiado, pero otras no. Aquellas revolucionarias manifestaciones que recorrieron medio mundo no han acabado con el sistema, ni han afectado apenas a la dinámica bipartidista. Se equivocaban quienes asimilaban a PSOE con PP y sus políticas, porque salta a la vista que no suceden las mismas cosas cuando gobiernan unos que cuando gobiernan otros. En este año ha habido también una huelga general de escaso éxito, y eso a pesar de la reforma laboral aprobada, o de los drásticos recortes en sanidad y educación que amenazan la forma en la que hemos entendido España en estos años. Tampoco ha cambiado la crisis, ni el paro, ni el desencanto de la gente con los políticos. Por no cambiar no ha cambiado la política de rescates que empezó en 2007 y que con Bankia ha tenido su catastrófico último capítulo, al menos hasta el momento.

“¿Tú eres mileurista o estás en paro? Pues prepara 2.000 euros que te voy a meter un buen puro”

Fui muy crítico con aquel movimiento de hace un año. Critiqué la ocupación del espacio público, que se arrogaran la representación de una sociedad que no les eligió, el discurso de muchos de ellos de que quienes no nos manifestamos éramos cómplices de quienes nos mandaban y, en casos como el de Barcelona o Valencia, el boicot a quienes sí han sido elegidos. Critiqué incluso a compañeros periodistas que, a mi modo de ver, pasaron la línea roja de cubrir un evento para situarse en el lado de la militancia. Critiqué el movimiento cuando trabajaba, cuando tenía un horario que me permitía conciliar con mi vida, un sueldo aceptable y hasta plaza de garaje en la redacción. Critiqué el movimiento cuando se reveló contra un Congreso que entonces dominaban los socialistas.

Ha pasado un año y ahora estoy en el paro, despedido tras ser desplazado. Ahora soy uno más de esos casi cinco millones de españoles que cobran del Estado aunque, en mi caso y por fortuna, cobro una parte porque no estoy del todo desempleado. De hecho antes de que me despidieran tenía dos trabajos, uno de ellos temporal, y una colaboración, por lo que el impacto de mi despido no ha sido tan dramático como el de otros muchos. Incluso me atrevería a decir que en cierto modo soy un privilegiado porque, aunque sigo buscando cerrar algo estable que me permita darme de baja de un paro que preferiría no cobrar y que se llevara alguien con menos posibilidades de trabajar que yo (por cuestión de edad más que nada), tengo la suerte de que hay gente ahí fuera que contará conmigo en cuanto pueda. Ahora tengo dos colaboraciones, un trabajo temporal y algunas ideas en la cabeza.

“Mira que tú calladito ya parecías tonto, pero has abierto la boca y resulta que eres retrasado mental”

Ha pasado un año y la gente ha vuelto a las calles. Pero esta vez Interior ha dado orden de desalojar y, a riesgo de hacer reaccionar a un movimiento que parecía no tener la fuerza de hace un año, desalojaron. Quién sabe qué magnitud tendrá la respuesta.

Ahora que ya no gobierna el PSOE sino el PP, ahora que ya no tengo una posición relativamente cómoda sino que estoy en el paro, sigo pensando lo mismo. El 15M dio una lección de cómo hacer las cosas de forma organizada y mayoritariamente pacífica, pero seguiría repitiendo que lo que ellos ven como amenazas de una democracia en la que no creen nos salva del abismo. Porque el bipartidismo será malo, pero que pregunten en esa Grecia en crisis o, sin ir tan lejos, a esa Asturias ingobernable, cómo es el multipartidismo. Ambas volverán a las urnas antes o después, y lo harán con la espada de Damocles de la intervención sobre sus cabezas.

“Se te ve en la cara que no tienes ni puta idea de nada”

Por desgracia hay ciertos clichés que se siguen cumpliendo, y valga como ejemplo algo que sucedió anoche tras la convocatoria del movimiento. Los agentes cargaron y desalojaron, deteniendo e identificando a quienes encontraron a su paso. Entre ellos a Alberto Sicilia, un doctor en Física con un curriculum tremendo. Le retuvieron, según su versión, por estar allí sin hacer nada malo. Lo peor no es que le retuvieran, ni que le identificaran, sino lo que acompañó a aquella detención. El responsable policial le dijo todas esas frases que he intercalado entre los párrafos de este post cuando pidió que los agentes le facilitaran su identificación, algo obligatorio por ley.

“¿Prefieres que hablemos de fútbol?”

Como cuando detuvieron a mi excompañero Gorka Ramos (que, por cierto, también perdió su puesto de trabajo y fue recontratado como colaborador para ahorrar costes). A él le agredieron sin que mediara motivo alguno. Tuvo la suerte de que grabaron un vídeo que lo demostró. A Alberto le insultaron y humillaron. A él, que tras siete años investigando fuera, ha llenado cuatro páginas de formación, textos académicos y méritos que impresionan. Sólo el detalle de las referencias que pone en su última página dan idea de lo que vale este joven: las Sorbona y Cambridge.

Pero a Alberto esta vez no le esperaba la ciencia, sino un grupo de policías haciendo su trabajo y algo más. Ese algo más que es llamarle “tonto”, “retrasado mental”, decirle que “no tienen ni puta idea de nada”, que si estaba “en el paro” o si era “mileurista”, que si estaba “con los perroflautas” por “el rollo de la solidaridad”. Eso lo cuenta él, y lo hace después de decir esto:

Creo que la policía es necesaria. Ojalá viviésemos en un mundo sin violencia. Pero, por ejemplo, cada año en nuestro país cientos de mujeres mueren asesinadas por sus maridos. Viajando por algunos países de África y Ámerica Latina comprendí lo terrible que es vivir en lugares donde no puedes salir a la calle tras la puesta de sol. Peor aún: allá donde las fuerzas de seguridad públicas no cumplen su función, las personas adineradas pagan su seguridad privada, mientras el resto de ciudadanos quedan indefensos ante la violencia.

Alberto no es un radical. No es, ni siquiera, un idealista outsider como muchos de los que hay dentro del movimiento, empeñados en cambiar el sistema desde fuera aun renunciando a cualquier paso que no siga de forma fiel su principio de vida. Alberto, el doctor en Física por el que puedes pedir referencias en la Sorbona y en Harvard, no es uno de esos miles de ciudadanos con los que discrepo en su forma de ver el mundo, aunque seguramente sean más honestos en su planteamiento de lo que somos otros muchos. Alberto es la España de élite, esa que un cargo policial del que desconozco su preparación académica insulta, humilla y aplasta.

Han cambiado las circunstancias, pero no mi forma de pensar. Seguiré votando, seguiré diciendo lo mismo. Seguiré lamentando que se detenga a gente sin merecerlo, incluso cuando no son periodistas, que parece que es el único colectivo por el que los medios se mueven. Pero sí que es cierto que algo ha cambiado. Esta España que ahora persigue la resistencia pacífica, en la que un político ordena que uniformados apaleen a chavales en Valencia o un policía desprecia a un doctor en Física, es más mísera aún que la de hace un año.

Hay palos que hieren la carne. Otros, lastiman el alma

Diez lecciones políticas de las elecciones francesas (y griegas)

Escribía el sábado en Yorokobu que este domingo se decidía nuestro futuro. Millones de ciudadanos votaban en dos países europeos por un cambio en nuestras vidas. Unos, los franceses, para dejar cojo al eje liberal que ha apretado las cuentas europeas con draconianas medidas de austeridad. Los otros, los griegos, para lanzarse por el acantilado del populismo que muchas veces hay más allá del bipartidismo.

Era una noche para sentarse con un bol de palomitas porque en la tele echaban una de intriga. Podía tocar una en la que al final ganaran voz los que piden medidas de estímulo para salir de la crisis. Podía tocar otra en la que al final un país roto se volviera ingobernable y los extremistas de uno y otro signo arengaran contra el euro. Al final anoche echaron ambas películas. Y al final al día siguiente, como siempre, algunos periódicos hablan de “incertidumbre en Europa” porque no han ganado los suyos y algunos directores de periódicos prevén castigos económicos por esa misma razón.

Pero quienes más tienen que aprender esta noche son algunos ideólogos políticos que han regido la forma de pensar de muchos en los últimos años:

  • Lección 1: La crisis no fue culpa de Zapatero. Él y su gobierno pudieron gestionarla peor que mal, pudieron ser lentos en reaccionar y torpes al dar pasos. Pero la crisis es un monstruo que devora a todo el que intenta gestionarla. Y no, la crisis no fue culpa de los socialistas ni les ha barrido de Europa. A Berlusconi se une ahora Sarkozy en esa nómina de conservadores liberales de postín que la economía se ha llevado por delante. De hecho es posible que la amenaza de que Francia perdiera su triple A le haya hecho más daño del que estimaba, precisamente porque es daño en sus propias filas.
  • Lección 2: Sarkozy se ha ido con un discurso propio de quien cree que el puesto que abandona le pertenece. Y se va porque había olvidado que ese puesto a quien pertenece es a los ciudadanos. Se va porque se ha creído imprescindible, acostumbrado a su carácter mesiánico, a su incontestable autoridad a la que al final han acabado contestando.
  • Lección 3: El hombre de hierro a quien no le tembló el pulso al gestionar los altercados en los suburbios parisinos, el presidente que puso a España como ejemplo de todos los males, el demócrata que planteó cerrar fronteras para controlar la inmigración, el líder que se acercó a la extrema derecha para intentar evitar su caída. Ese hombre, Sarkozy, ha sido incapaz de lograr la reelección y abandona el Elíseo a las primeras de cambio.
  • Lección 4: Sarkozy no sólo jugó a ser el héroe dentro de Francia, también lo hizo fuera. Quiso ser el líder político de Europa con apariciones estelares en un avión para rescatar a cooperantes, hasta que Al Qaeda asesinó a uno. Quiso ser el conciliador que reintegró a Al Assad a la vida diplomática occidental, hasta que estalló la guerra en Siria. Tendrá que responder de las espinosas acusaciones del entorno de Gadafi por pagos a su campaña.
  • Lección 5: Ha ganado un hombre normal. Anodino. Casi gris. Un tipo educado que ha sabido sobrevivir, no sin suerte. Un Rajoy del socialismo francés. Sobrevivió a su separación con la carismática Ségolène Royal, la misma que veían como una ‘Zapatera’ (cuando eso era algo bueno) y que acabó estrellándose contra Sarkozy. Sobrevivió a un Strauss-Kahn sólido y recién llegado del FMI para quien el destino tenía otro final. Lo mejor es que no ha generado las expectativas que Zapatero u Obama levantaron, cada uno en su medida. Y eso a pesar de que será el primer socialista en pisar el Elíseo en casi dos décadas. De hecho, ningún menor de edad ha visto eso todavía.
  • Lección 6: El ahora nuevo presidente de Francia ha prometido cosas como que los más ricos pagarán hasta el 75% en impuestos. ¿Es de esperar una fuga de capitales en Francia, como amenazaban en España cuando se hablaba de hacer que los que tienen más pagaran más?
  • Lección 7: En Francia la abstención ha rondado el 19,5%, mientras que en últimas generales en España fue del 28,3%. Por cosas como esas quizá el ya presidente Hollande haya prometido que será igual como presidente que como candidato, diciendo las mismas cosas y aplicando las mismas medidas. Está por ver, pero dista mucho de lo que ha pasado en España con el nuevo Gobierno.
  • Lección 8: Del frente Alemania-Francia se puede pasar a una Alemania sola ante un eje Francia-Italia. De las medidas de austeridad se puede pasar a las medidas de estímulo. Falta ver la posición española. Cabe esperar que el Gobierno respire aliviado porque la victoria de Hollande posibilite que se relaje la presión económica europea, pero también que lo sucedido sea un serio aviso a las políticas que Rajoy ha defendido y alentado. Y, por supuesto, una amenaza ideológica en toda regla.
  • Lección 9: Hollande es el recién llegado, pero quizá sea quien tenga la voz cantante a corto plazo. Alemania e Italia se encaminan a unas elecciones a corto plazo que podrían traer nuevos vientos. Reino Unido y Estados Unidos no cambiarán de líderes, pero quizá sí de estrategia si la crisis se alarga aún más. La iniciativa económica continental, por tanto, podría cambiar de manos en poco más de un año.
  • Lección 10: En Grecia la izquierda radical ha adelantado al socialismo, los conservadores que falsearon las cuentas del país se mantienen como los más votados y los neonazis llegan al Parlamento con una veintena de escaños. Va camino de pasar a ser un país roto con un Gobierno artificial a ser un país roto e ingobernable, donde los populistas han pescado en río revuelto y los euroescépticos tienen voz propia. Criticar el bipartidismo está bien como utopía, pero las alternativas en tiempos de crisis son temibles.

Todo por Europa, pero sin Europa

Europa ha fracasado como modelo económico. Fracasó cuando permitió a los países más ricos incumplir los pactos de estabilidad y que pretendan ahora crear los suyos propios. Fracasó cuando uno de sus miembros más pobres estuvo en apuros y plantearon expulsarle de la moneda única para sobrevivir.

Europa ha fracasado como modelo social. Fracasó cuando distinguió entre más y menos ciudadanos europeos al inventar moratorias para los vecinos del Este que protegieran puestos de trabajo que querían para los suyos. Fracasó cuando permitió que se retomara la moratoria una vez extinguida con el pretexto de volver a preservar sus puestos de trabajo.

Europa ha fracasado como modelo de cohesión. Fracasó cuando eliminó la industria de la periferia continental para que muriera toda competencia productiva respecto al corazón financiero, eliminando de paso cualquier posibilidad de recuperación en esos mismos países que hoy se dice de sacar del euro. Fracasó cuando, ante la crisis, los países ricos han vaciado de talento a los países pobres en lugar de haberse trabajado de una forma común para salir juntos de las dificultades.

Europa ha fracasado como unidad política. Fracasó cuando vio que sus normas se rechazaron y, al revender su fracaso, a punto estuvieron de volver a fracasar. Fracasó  al ver que sus sucesivas ampliaciones no han frenado la proliferación de nacionalismos emergentes, sea en los Balcanes, sea en países que apuestan por el populismo y el euroescepticismo, sea en regiones como Euskadi o Cataluña, donde el soberanismo político gana adeptos cada año que pasa.

Europa ha fracasado como modelo de gobierno. Fracasó cuando fue incapaz, en su reforma, de avanzar hacia un órgano supranacional verdaderamente capacitado para evitar que dos países gobiernen al resto. Fracasó cuando se desdibujó su esencia integradora y se esgrimieron motivos de unidad religiosa para bloquear la entrada de algunos candidatos y agilizar la de otros cuando había mucho más que eso.

Sólo en dos cosas ha triunfado Europa. Triunfó con la transición hacia una moneda única que durante años se fortaleció frente al dólar y que ha acabado siendo la horca de los países periféricos, incapaces de devaluar sus divisas para aligerar las cargas que tienen que soportar. Triunfó con la implantación del espacio Schengen, que posibilitó una unión arancelaria en lo económico, social, policial, legal y comercial que ha entrado en crisis cuando la inmigración se dibujó como una amenaza y cuando la posible protesta social se percibe como la enemiga.

Plantear dinamitar el euro para salir de la crisis con dos velocidades y suspender temporalmente Schengen para permitir que los dirigentes del BCE se reúnan en España sin peligro de protestas es la constatación del fracaso moral de Europa. Dejar de ser Europa para intentar seguir siendo Europa. Pero a ese fracaso moral se suman el económico, el social, el de cohesión, el político, el de gobierno. Luego llegan las elecciones europeas y la participación se desploma por debajo incluso de la abstención. Luego llegan los referéndums y pocos ejercitan su derecho a voto y, si lo hacen, no se respetan sus decisiones. Todo por Europa, pero sin Europa. Y Europa acabará por no ser nada, si es que aún es algo.

Un café en el Congreso con el diputado Carles Campuzano

Hace unas semanas crucé unos cuantos tuits con Carles Campuzano, diputado de Convergència i Unió, y decidimos continuar la conversación en el Congreso, café de por medio. Pensé en compartir aquella conversación con todo el mundo y, tras pedirle permiso, hablé con el subdirector de JotDown para hacerle llegar la entrevista. Por si no la conocéis, es una revista digital con la vocación de ser el Newyorker español (ahí es nada) y que se ha hecho un hueco en el panorama mediático patrio yendo contracorriente: textos larguísimos y de gran calidad, nada de última hora y pasando olímpicamente del SEO. El resultado, periodismo. Y yo no pude resistirme: cuando descubrí que existía un sitio en el que podías enrollarte hasta morir pensé que tenía que mandarles algo.

¿Y de qué hablamos Carles Campuzano y yo? De nacionalismo, soberanismo e independentismo, de liberalismo, de crisis, de socialdemocracia, de cómo es la vida de un diputado, de transparencia, de inmigración… ¿Lo mejor? Cuando respondió a una duda que había tenido durante mucho tiempo (si CiU era independentista o no), cuando me respondió a una duda impertinente que me surgió al escucharle (si el complejo de apartamentos en el que veraneo podría ser un país), cuando dibujamos en un papel los problemas y soluciones que podría tener la crisis y cuando me contó que él duerme en un hotel de dos estrellas y tiene una casa normal, coches normales y una vida normal.

Resulta que Campuzano es uno de esos diputados de un partido conservador, liberal y en parte religioso, pero que cree que la solución a la crisis pasa por que el Estado eche una mano, que es agnóstico, que apoya el matrimonio homosexual y el aborto. Uno de esos que sufre en sus propias carnes que el Congreso se vacíe cada vez que su grupo parlamentario sale a hablar justo después de los dos grandes, pero que señala que lo que pasa en el Hemiciclo es sólo el último paso de un trabajo que se hace fuera de él, como pasa en un restaurante cuando te sirven un plato como último paso de un proceso mucho más largo. Un tipo interesante y, sobre todo, cercano.

De Guindos, el ministro-sonda

Si se repasan todas las contradicciones, desmentidos, improvisaciones aparentes y correcciones del Gobierno en estos cuatro meses que lleva al mando, la gran mayoría corresponden al ministro de Economía. Cabe pensar que en el contexto de crisis actual es lógico que el grueso de la actividad recaiga sobre él, pero quienes están asumiendo mayor desgaste en esta primera etapa son más bien la vicepresidenta Saenz de Santamaría, su colega en Hacienda Cristóbal Montoro y su colega en Empleo, Fátima Báñez. La primera es la que comparece para proteger a Rajoy, el segundo es el encargado de desfacer los entuertos en los que se mete su económico compañero y la tercera ha sido la cara visible de la reforma laboral.

¿Problema de comunicación? ¿Inexperiencia política? Nada de eso. Luis de Guindos es un viejo tiburón al que, aunque es cierto que le falta experiencia política, no parece causarle ningún problema de sueño el tomar medidas impopulares. Al menos eso cabe pensar teniendo en cuenta que él fue el máximo responsable de Lehman Brothers en España y Portugal, justo la entidad que causó la crisis que él ahora mismo intenta combatir.

Más bien parece que es el encargado de decir las cosas que el Gobierno quiere testar. El encargado de lanzar los globos sonda. Sí, esos mensajes que se dicen a ver qué impresión causan y, si no hay demasiado alboroto, pueden concretarse en medidas. O esos mensajes que sirven de cortina de humo para esconder otras medidas que buscan pasar inadvertidas. Tiene su lógica toda vez que el PP ha decidido sacrificar en el altar del olvido a Esteban González Pons, hasta hace muy poco el ‘perro de presa’ político del candidato Rajoy. Sin un hombre en el partido que diga las cosas que el presidente no puede decir aunque piense, hace falta alguien que tome la temperatura a la sociedad. Y ese muy bien podría ser De Guindos.

Hasta en diez ocasiones -una de cada cuatro de las contradicciones del Gobierno- el ministro de Economía ha sido corregido, matizado o replicado en público por algún compañero del Gobierno. O eso o, directamente, ha actuado de forma diferente a la que se dijo que se actuaría.

El increíble déficit creciente

Una semana después de las elecciones Cospedal, la portavoz oficiosa del Gobierno pese a no estar en él, marcaba como una de sus prioridades el control y cumplimiento del objetivo de déficit. ¿De cuál? En principio, del comprometido por el Gobierno anterior, un 4,4%. Ese déficit iba a cumplirse “cueste lo que cueste”. Un par de meses después se supo que el Gobierno negociaba con Bruselas una flexibilización de ese marco, es decir, que Europa fuera menos exigente. A finales de febrero se barajaba un objetivo de déficit por encima del 4,4% y, antes de la herida, se ponía la venda: por si Europa no daba su brazo a torcer España estimaba que incumplir las reglas no implicaría incumplir las reglas. Sí, así como suena. Por si acaso.

Pero la situación se complicó. Europa se negaba a flexibilizar sus condiciones si España no le enseñaba sus cuentas. El problema es que Rajoy no iba a presentar todavía sus Presupuestos, seguramente porque hacerlo antes de las elecciones andaluzas y asturianas le perjudicaría. Así las cosas, Rajoy tomó la iniciativa: decidió fijar su previsión del déficit en el 5,8% apelando a su “decisión soberana” más allá de lo que dijera Bruselas. Eso sí, endulzaba la decisión emplazando a la UE a los próximos dos años, cuando se vería la progresión económica española, porque España “cumple, está cumpliendo y cumplirá”. El resultado es por todos conocido: Bruselas se negó a pasar del 5,3% y a De Guindos le tocó decir que sí. Objetivo cumplido: la UE ha flexibilizado el objetivo, aun a cuenta de que el Gobierno tuviera que tragarse su arranque de orgullo y todas las críticas que hizo al Ejecutivo anterior por gobernar al dictado de Europa.






¿Y quién paga esto del déficit?

El enésimo enfrentamiento interministerial a cuenta del déficil viene por un nuevo encontronazo entre el responsable de Economía y el de Hacienda. Según el primero, el pago de los 5.000 millones extra del déficit que la UE exige a España recortar iba a recaer sobre las distintas administraciones. Según el segundo no será así: lo asumirá íntegramente el Estado.



Sanidad gratuita, pero no mucho

El ministro de Economía, Luis de Guindos, acumula desmentidos. Por la mañana desató las alarmas en una entrevista radiofónica en la que aseguraba que el Gobierno trabajaba en que las economías más acomodadas pagaran para mantener la sanidad. Dicho pago implicaría automáticamente el fin de la sanidad igual y gratuita para todos los ciudadanos.

Apenas unas horas después el partido, en boca de Carlos Floriano, uno de los tres pesos pesados que acompañan a Rajoy en la cúpula del partido, le desmentía. Floriano aseguraba que las palabras del ministro eran “una reflexión” personal y que el Gobierno sólo contemplaba la gratuituidad de la sanidad como opción.



Dos mil milloncejos de nada

Luis de Guindos, ministro de Economía, cambia sus cuentas. Había estimado que se necesitarían 50.000 millones para sanear los activos sanitarios inmobiliarios de los bancos. Ahora vuelve a calcular y estima que se necesitarán 52.000 millones. No es mucha diferencia, claro. ‘Sólo’ 2.000 millones de euros. Son sólo 300 millones de euros más de lo que se destinó en 2011 a Justicia



Una reforma laboral… que no crea empleo

¿Para qué sirve una reforma laboral? En primer término para muchas cosas, pero en segundo término y como objetivo final siempre servirá para intenar crear empleo. Es lo suyo. Así lo veía el ministro de Economía, Luis de Guindos, que aventuró que la recién aprobada reforma laboral tendría “efectos positivos a medio plazo”.

Por si alguien entendía que eso significaba que se iba a crear empleo ahí estaba Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, para decir que no, que no creará empleo “por sí misma”. La pregunta es entonces saber para quién serán positivos esos efectos a medio plazo si no es para los trabajadores.



Crear no, pero casi

El tema no termina ahí. Luis de Guindos siguió enredando semanas después con la tan traída y tan llevada reforma laboral. No va a crear empleo, pero gracias a ella estima el ministro que habría “ahorrado” un millón de parados. Es decir, crear no crea empleo, efectos positivos a corto plazo no tiene, pero Economía estima que si no se hubiera aprobado se habrían apuntado a las listas del INEM un millón de desempleados más, ahí es nada. Y eso en unas pocas semanas.



Usted al dictado, pero yo doy parte

Mariano Rajoy, entonces líder de la oposición, acusó al Gobierno de Zapatero de actuar al dictado de Merkel a la hora de tomar decisiones. Luis de Guindos, ministro de Economía, avisaba al comisario europeo Oli Rehn de cómo iba a ser la reforma laboral que dos días después presentaría en sociedad. El alemán escuchaba asintiendo, como quien oye recitar la lección a un alumno.






¿Agresiva? ¿Quién dijo agresiva?

Por si ser pillado con las manos en la masa haciendo lo que criticabas de tu antecesor no fuera suficiente, mejor aventurarse a dar una explicación absurda.

El ministro De Guindos, después de que una cámara le pillara diciendo que la reforma laboral iba a ser “extremadamente agresiva”, matiza sus palabras: claro, la reforma laboral será “extremadamente agresiva… contra los problemas del empleo”.



Contrato único: sí, pero no

Luis de Guindos, anterior cabeza de Lehman Brothers a este lado del charco, escribía un artículo en The Wall Street Journal poco después de convertirse en ministro de Economía. En él sostenía que era necesario simplificar los modelos de contratación vigentes en España, ya que más de cuarenta posibilidades eran excesivas. Defendía crear un contrato único con estas palabras:

Actualmente tenemos unos 40 tipos diferentes de contratos de empleo. Esto tiene que simplificarse: un único contrato a tiempo completo con cláusulas comunes para todos los nuevos trabajadores, y otro para cubrir la contratación a tiempo parcial.

Veinte días después es la titular de Empleo la que rechaza el contrato único porque, en sus palabras, es “inconstitucional”.



Control presupuestario, pero sin control

De Guindos, titular de Economía, aventuraba que equilibrar la balanza del déficit estatal pasaría por un férreo control presupuestario a las autonomías. El ministro al que más se ha rectificado en público en el nuevo Gobierno no tuvo una, sino dos respuestas. Primer Gallardón, ministro de Justicia, dijo públicamente estar en desacuerdo y después Montoro, ministro de Hacienda, le rectificó.



Valencia y la izquierda imposible

El año pasado, en las últimas elecciones autonómicas celebradas hasta el momento, la gente de fuera de la Comunidad Valenciana se hacía cruces de que con Camps como candidato el PP hubiera vuelto a ganar. A pesar de la incontestable victoria, eran sus últimos meses al frente de la Generalitat. Después vendría su dimisión televisada y, aún después, su declaración como “no culpable” de los delitos que se le acusaban gracias a un jurado popular. Aunque intentaba explicar los motivos por los que Camps seguía ganando en mi tierra, la gente no salía de su asombro. Como tampoco sale de su asombro cuando sigo manteniendo que si él volviera a ser el candidato, volvería a ganar con mayoría absoluta sin mayores problemas.

Los motivos son diversos y se dan a ambos lados. Unos, los de la izquierda, han hecho deméritos evidentes para hundirse a los niveles actuales; los otros, los de la derecha, han hecho lo suficiente como para aprovechar los errores de sus rivales aun teniendo que navegar en las tormentosas aguas de estos años.

Hace unos meses coincidí en una cena con algunos de los jóvenes mejor relacionados en el socialismo valenciano, y la impresión fue demoledora: no es que en Valencia se haya hipotecado cualquier posibilidad de crecimiento económico o social, no es que se haya dinamitado el ánimo emprendedor, que se haya forzado en masa a los jóvenes a emigrar como en ninguna otra región o que se haya destruido el comercio y el patrimonio cultural local. Es que no ha habido contestación. Ni tampoco la habrá: el socialismo valenciano lleva década y media muerto y, a juzgar por sus jóvenes promesas, la resurrección tendrá que seguir esperando. Al otro lado, la derecha celebra un guateque sin fin ni rival. Pero ¿por qué?

La izquierda desconectada

En las filas de la izquierda el principal problema es la desconexión con la realidad ciudadana. Desde que Joan Lerma perdiera las elecciones contra Eduardo Zaplana hace ya la friolera de casi dos décadas, el socialismo valenciano ha vivido una convulsa guerra de guerrillas en el seno del partido, una guerra que les ha mantenido ensimismados y ajenos a lo que sucede en la calle. Las últimas primarias, celebradas esta pasada semana, son el mejor ejemplo: hasta el último momento se temió que hubiera hasta cinco candidaturas, de las que cuatro finalmente dieron un paso adelante aunque sólo dos reunieran los avales suficientes al final.

La enorme fragmentación de las ‘familias’ socialistas valencianas realmente no conduce a nada: la fotografía del final de estas primarias era la misma que las de hace unos años pero al revés, con una más que amortizada Leire Pajín abrazando al ahora vencedor, Ximo Puig. Parecerá una broma macabra, pero no lo es: Pajín es, de todos los poderes fácticos que operan en la sombra del socialismo valenciano, el más joven. Allá siguen apellidos eternos como Ciscar, Boix o Alborch. Y esos mismos nombres del pasado siguen obstaculizando el futuro.

Alarte, aunque perdedor, disfruta de un honor que no tuvo su antecesor en el cargo, alguien con un perfil político más gris incluso que el suyo propio. A Pla no le derrotaron en unas primarias del partido, a Pla le obligaron a marcharse nada más y nada menos que desde el brazo mediático madrileño. En aquellos días empezaban a aflorar algunas cuentas e informes desfavorables sobre las cuentas del Gobierno valenciano y en Ferraz, en vista de que el socialismo valenciano carecía de músculo para atacar uno de los principales graneros de votos populares, intentaron que el entonces secretario general regional se marchara. Fueron meses de tiras y aflojas sin resultado. Hasta que el entorno de un Zapatero en la cima de su poder en el Partido Socialista decidió pasar a la acción. La Cadena SER publicó unas informaciones acerca de la reforma de la casa de Pla, tan turbias como oportunas, y Pla acabó dimitiendo a regañadientes. Su salida no causó ni frío ni calor en la opinión pública valenciana, a años luz ya del socialismo regional.

En Ferraz pensaron que muerto el perro se podía acabar la rabia y dieron un paso más en su plan para el renacimiento del socialismo valenciano: enviaron a Jordi Sevilla a conducir la transición y, quién sabe, a liderar esa nueva etapa para intentar tumbar el fortín popular y afianzar al PSOE en la Moncloa. Pero el exministro, que acabó siendo una de las voces más críticas con las políticas de Zapatero, acabó tirando la toalla: en apenas tres meses vio que era imposible mover algunos resortes de una casa que más que podrida estaba necesitada de ser derribada y construida de nuevo.

El motivo del choque entre el enviado de Ferraz y los socialistas valencianos fue algo simbólico, pero definitorio: el nombre del partido. El nombre de ‘Partido Socialista del País Valenciano’, además de caduco, no estaba muy en la línea de las políticas socialistas del momento. Lo del ‘País Valenciano’ es una vieja nomenclatura del nacionalismo catalanista, que ve en la Comunidad Valenciana una pieza más de los ‘Païssos Catalans’. Sevilla intentó que se aceptara ‘Partido de los Socialistas Valencianos’, a imagen del PSC catalán, pero no hubo forma.

Ahí, en ese punto, reside uno de los motivos de confrontación más importantes que tiene la izquierda valenciana con su electorado. En la Comunidad Valenciana no hay ninguna formación política progresista que no sea de corte catalanista. Tradicionalmente siempre ha existido una minoritaria corriente nacionalista en la zona, una de izquierdas, más tendente al pancatalanismo, y otra de derechas, regionalista y anticatalanista. Dicho de otra forma, con un PSOE asimilando la dialéctica nacionalista catalanista del ‘País Valencià’ resulta imposible ser de izquierdas sin votar catalanista.

Esa extraña circunstancia no se da en zonas con una arraigada tradición nacionalista, como Euskadi, donde hay dos sentidos del voto conservadores o progresistas para elegir si eres nacionalista (PNV o izquierda abertzale) o si no lo eres (PP o PSE). Lo mismo sucede en Cataluña (CiU o ERC frente a PP y PSC). Si bien es cierto que en Euskadi y Cataluña el Partido Socialista acoge corrientes nacionalistas, también es cierto que hay vertientes que no lo son, lo que da cierto cobijo ideológico a ese progresismo no nacionalista que en la Comunidad Valenciana no tiene representación.

A la sombra de este inmobilismo social, político y terminológico han ido creciendo alternativas. Primero el Bloc, que elección tras elección se quedaba a las puertas del 5% de los votos que le daban entrada a les Corts. Y, con ellos, sucesivas marcas electorales con aspecto de coaliciones que no siempre han terminado bien. Ahora, como Compromís y de la mano de una líder carismática como Mònica Oltra y un candidato experimentado y conocido en la ciudad como Joan Ribó, han conseguido ganar una importante presencia en las últimas elecciones y situarse como una más que notable alternativa en la izquierda. La coalición con los ecologistas de Equo sigue siendo difícilmente verosímil, especialmente cuando el diputado que consiguieron en las últimas generales es un fiel defensor del ‘bou embolat’, pero esta amalgama de formaciones a la izquierda del PSPV ha logrado pescar fuera de sus foros tradicionales al sur de Valencia y norte de Alicante. Su nicho electoral ahora es cualquier votante progresista, de zona rural o urbana y de cualquier perfil.

La bandera nacionalista catalanista sigue siendo la misma. La multiplicación de correllengües, la contratación de grupos musicales y el fomento de la cultura valenciana más cercana al catalanismo moderado siempre han sido una constante en los Ayuntamientos del Bloc, ahora sumado en Compromís, cuyo nombre completo es el de ‘Bloc Nacionalista Valencià’. Pero han conseguido, bajo la forma de Compromís, algo importante: su electorado ya no es sólo esa clase media acomodada de los núcleos rurales, con nivel cultural elevado y vinculados al mundo de la cultura. Han sabido hacerse un hueco en la contestación ciudadana, han sabido colarse ante las cámaras con las camisetas de su portavoz, con las sacudidas dialécticas ante la soberbia acomodada que muchos han mostrado en el PP valenciano.

En resumen, los grupos políticos a la izquierda del PSOE han conseguido atraer los votos que un socialismo adormecido no ha sumado por culpa de su ensimismamiento y su ombliguismo, sus peleas internas y su nula apuesta por el futuro. Y eso, bajo una misma bandera estigmatizada y sin arraigo social, como es la del catalanismo. Como mejor ejemplo, la fotografía que encabeza este post: una enorme manifestación tras los incidentes registrados en el instituto Lluís Vives hace unas semanas. Las banderas catalanistas, la referencia al ‘País Valencià’ y demás iconografía nacionalista está presente en esas corrientes contestatarias más jóvenes, pero no encuentran acomodo alguno en el electorado común. No es, por decirlo en lenguaje político, una tendencia con vocación de mayorías. Ni mucho menos.

La derecha aglutinadora

Pero desde luego la situación política valenciana no es exclusivamente consecuencia de los deméritos de la izquierda. La derecha ha sabido jugar sus cartas y tejer sus redes con la tranquilidad de saber que sus rivales han seguido lamiendo sus heridas durante casi dos décadas.

El primer motivo de su éxito fue de tipo geopolítico, y hay que remontarse en el tiempo para encontrarlo. El mérito fue de Eduardo Zaplana, antecesor en el cargo de Camps si obviamos a Olivas, el sustituto fugaz y temporal que se colocó cuando el Gobierno de Aznar reclamó al entonces presidente de la Generalitat como ministro. Él consiguió tumbar al socialismo valenciano a mediados de los noventa gracias a la absorción de una corriente política de toda la vida, la del nacionalismo conservador.

Algunos recordarán aquella Unió Valenciana que llegó al Congreso y a punto estuvo de lograr la alcaldía valenciana. Era un partido regionalista, anticatalanista, tradicional, de vocación cultural y muy arraigado en una abundante población rural del entorno urbano. El trasvase comenzó con la muerte de González Lizondo, mítico fundador del partido y aglutinador de ese sentimiento valencianista de ‘Lo Regne’, ‘Lo rat penat’ y otros ‘loes’ arcaicos que se han desdibujado con el tiempo. Comenzó cuando tentaron a José María Chiquillo, sustituto de Lizondo, con un escaño autonómico a cambio de sus votos. El ambicioso Chiquillo aceptó y esa aceptación supuso, en muy pocos años, la desaparición de la marca política y el paso de gran parte de su militancia a las filas del PP.

La Comunidad Valenciana mantenía la peculiaridad de que algunas islas ideológicas de centro habían logrado sobrevivir al derrumbe del CDS. Viejos supervivientes de la UCD, todavía presentes en el interior de la región, acabaron desembarcando también en las filas del PP. Con la suma de regionalistas conservadores y centristas se consolidó un PP fuerte que, bajo mando de un entonces joven y carismático alcalde de Benidorm, desembarcaron en la Generalitat. Atrás Zaplana dejaba una gestión llamativa, con lo que se veía como ejemplo de una economía boyante: convirtió una pequeña villa de pescadores en un destino turístico de primer orden.

Luego descubrimos lo que era Benidorm, símbolo del turismo rancio de cantante anciano y masificación urbanística. De pelotazos nunca demostrados a la sombra de parques temáticos desiertos. Suficiente para impulsar a un hombre emergente, fiel al ascendente Aznar y a su emergente Gobierno de aquellos días.

La bonanza económica de una década hizo el resto: Valencia se lavó la cara, cambió y mejoró en muchísimos aspectos. Se convirtió en una ciudad atractiva y prometedora, aunque fuera a cuenta de sacrificar su patrimonio cultural en el centro histórico o en los barrios marítimos. El empresariado valenciano aplaudía a manos abiertas esa cultura de falla: aparente en la superficie, aunque hueca en el interior. Era la Valencia que se preparaba para dar el salto a la primera fila del mundo.

Entonces llegó la Copa América. Y el circuito de motociclismo. Y la reforma del puerto. Y la multiplicación de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Y el aeropuerto de Castellón. Y Terra Mítica. Y la Ciudad de la Luz. Y la Fórmula 1. Y todas esas cosas que hicieron de la Comunidad Valenciana una carísima falla en la que la fiesta nunca terminaba. Hasta que terminó.

Pero aunque la fiesta ha terminado, la gente sigue aplaudiendo a manos abiertas. A pesar de la sombra de Gürtel y Emarsa, de Fabra y su papel de valedor de Camps en su guerra con los zaplanistas de Alicante. Aunque la región sea un erial, sin emprendimiento ni futuro, los Infiniti siguen en las calles y las sonrisas en las caras. Aunque los barrios estén llenos de persianas cerradas, los empresarios de las localidades siguen celebrando ese estadio a medio construir, esa hipoteca en forma de circuito urbano, o esos modernos edificios abandonados en el puerto, donde ya no atracan los yates más que una vez al año.

Siguen aplaudiendo convencidos de que la culpa de lo que pasa en Valencia es del Gobierno socialista que saqueó España, una vez más. Siguieron votando a Camps porque era su forma de defenderle ante lo que consideraron un ataque del Gobierno, y no una acción judicial. Siguen aplaudiendo esperando a que los artistas falleros que hicieron todo esto posible vuelvan a salir a escena para interpretar algunas canciones más. Y mientras, entre el público, inmóviles, los socialistas valencianos, peleándose por una silla para ver la función, mirando al siempre envidiado y temido vecino catalán, hablando de países inexistentes y luciendo arrugas y calvas en la oposición. Sí, Camps volvería a ganar. Porque se ve que la falla no ha terminado de arder aunque todos los valencianos nos hayamos quemado.